¿No has pensado estudiar restauración de arte? ¿Eso es una carrera?, ¿Eso existe?

Claudia Martínez Ávila, hoy notable restauradora de arte, rememora los momentos en que fue definiendo su futuro profesional.

JUSTO MAY CORREA

17 julio, 2026

Antes que profesionista, soy Claudia, Clau para los amigos. Me describiría como una mujer cancunense, quintanarroense, con muchas actividades artísticas. Desde muy joven he tenido una gran afición por el arte en todas sus expresiones; también por la historia, la naturaleza. Con unas ganas constantes de descubrirse, de seguir conociendo, aprendiendo y desarrollándose.

¿En qué momento descubriste que querías dedicarte a la restauración?

Fue en algún momento de mi último año de preparatoria. Recuerdo que empezaban todas estas preguntas clave: ¿qué vas a estudiar, a qué te gustaría dedicarte...? Mi afinidad por las artes, por la pintura sobre todo, me estaba orillando a estudiar una carrera como pintura, como artes plásticas.

Sin embargo, veía el programa y decía: “suena muy lindo, pero de acuerdo a mis aficiones, algo me está faltando”. Fue en esa ocasión en la que un profesor me dijo: “A ti que te gusta mucho el arte, la historia, ¿no has pensado estudiar restauración de arte?” Yo dije: ¿Eso es una carrera? ¿Eso existe? Y me dijo: “Sí, investígalo”.

Esa misma tarde me puse en internet a buscar todo lo que tenía que ver con esta licenciatura en las escuelas en las que había. Vi el programa y quedé maravillada. Dije, ¡guau!, pues no nada más está dirigido a cuestiones artísticas, sino que también hay mucha historia, hay mucha ciencia. Tal vez un poquito más de ciencias exactas de lo que me hubiera gustado, pero que hoy por hoy le agradezco mucho.

De ahí fue que apliqué para la universidad, para la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente, que es mi alma mater, en Guadalajara, y fue que entendí el viaje no solamente vocacional, sino todo lo que conlleva.

Siento que la gente tiene una preconcepción de lo que es la restauración y de lo que son los restauradores. Hay quienes piensan que estamos en el museo con el pincelito; hay quien se imagina que estamos como Indiana Jones en la jungla. La verdad es que la restauración puede ser muy amplia.

Yo he dirigido mi carrera profesional más que nada a la intervención de bienes arqueológicos y también de pintura mural en general, que vendría siendo bienes muebles asociados a inmuebles.

Participó en la intervención de la Tumba Tebana 39 en Luxor, Egipto. En este trabajo, Claud nos refiere también esa valiosa experiencia.
Cursó un semestre optativo en el Advance Proyect for Fresco and Mural Painting Restoration en la Universidad Lorenzo de Medici, Florencia, Italia.

La palabra intervención en arqueología y conservación se refiere a los procesos y prácticas que transforman el espacio físico y cultural para la preservación y difusión del patrimonio. Esta intervención no solo implica la restauración y conservación de bienes arqueológicos, sino también la responsabilidad social y profesional que estos procesos implican.

Tengo colegas que están ahorita restaurando arte sacro en templos. Hay quienes están colaborando en arqueología subacuática, en taxidermia; otros trabajando también con grandes acervos bibliográficos, con mapas, con libros, con fotografías. Hay quienes están en el Museo del Ejército, trabajando armas antiguas. Es una gama muy amplia.

Restauración de casco japonés del siglo XIV, en el Museo del Ejército y Fuerza Aérea, Guadalajara, Jalisco.

Para todos los objetos hay un restaurador. Ahora sí que nuestra formación nos urgía a saber un poco de todo, y a partir de que sales de la carrera te empiezas a especializar en lo que más te llama. Hay unas especializaciones muy específicas.

Si le preguntas a un restaurador, “oye, ¿me puedes restaurar esta biblia, esta foto, este artefacto?”, es posible que te diga que sí; pero si no le sabe, es posible que te tenga el contacto de quién sí.

Cuando uno sale de la escuela lo hace con un conocimiento general y después uno se va puliendo.


¿Qué te enamora de una pieza cuando la tienes por primera vez en tus manos?

Siempre que llega una pieza hacia ti, o llegas tú a la pieza, hay una primera impresión que podría ser dirigida hacia lo estilístico, lo estético; puedes ver una pieza y decir ¡guau! y pensar que el autor original manufacturó esto en una forma impresionante.

Te pones a analizar qué técnica de manufactura utilizó, incluso los materiales. Observas que se llevó a cabo una labor tan minuciosa, tan detallada; se podría decir: tan exquisita. Los materiales: no tienen que ser los materiales más lujosos, pero a veces dices: qué ingenio para llevar a cabo esta pieza, este objeto.

Y eso es del lado del objeto, de lo material, pero también hay una parte del valor intrínseco de la pieza que de repente te puede hasta conmover, que dices, ¡guau!, esta pieza ha sido tan importante para una persona, para un grupo de personas.

Esta circunstancia, ese valor, se ha preservado hasta hoy en día y se ha llevado a restaurar; no importa si me traen un Niño Dios, o si es una pieza de cientos o miles de años de antigüedad; si vale económicamente unos cuantos ceros o muchísimos.

Dices: “Esta pieza es de relevancia para una persona o para un grupo de personas y la voy a tratar con el valor y el respeto que se merece”.

Los objetos llevan mucha historia, tanto del autor, como si fue una pieza comisionada, si fue una pieza de culto, si fue de uso cotidiano, o si fue algo ornamental; si perteneció a una familia, a una comunidad. Si estuvo siempre a la vista, si estuvo escondida, se descubrió.

La verdad, es que un objeto, a medida que pasa el tiempo, va cobrando un cúmulo de valores. Su conservación, ese es parte de nuestro trabajo.

Las piezas también  te pueden contar historias muy personales. Si es un objeto que viene, pasando de tu familia, de generación en generación, también habla de vínculos emocionales; cosas por las que ha pasado esa familia, esa comunidad. Pueden ser una puerta a muchas historias. Tengo colegas que son muy sensibles y les gusta trabajar mucho con esta clase de bienes.

¿Qué es lo que se puede restaurar?

Muchos piensan que tienes que restaurar única y exclusivamente cierto tipo de objetos que pueden estar destinados a museos, pero también hay piezas con mucho valor en lo cotidiano. Ahora sí que es cosa de cada quien con su objeto.


Cuéntame, Claudia, ¿cómo llegaste a trabajar en Luxor, qué aprendiste allá que te acompaña hasta hoy?

Recuerdo que estaba cursando el último semestre, un optativo en pintura mural y, de repente, por parte de la escuela me llegó una convocatoria. Era una convocatoria dirigida a recién egresados para una estadía profesional para una tumba, la tumba Tebana 39, ubicada en Luxor, Egipto. 

Dije, ¡guau!, esto suena a una experiencia de película. Con todo el nervio del mundo consideré ir. Averigüé qué requisitos pedían. Dije, los voy a mandar a ver si quedo. Para mi sorpresa, tuve una respuesta positiva.

A partir de eso empecé todo el tramiterío y terminé viviendo esa gran oportunidad, que fue participar en el proyecto de arqueología de restauración de la tumba Tebana 39, una tumba dedicada a Puimra.

Es preciso subrayar que la palabra tebana proviene de Tebas (no confundir con la Tebas de Grecia). La Tebas egipcia es una ciudad al sur del valle del Nilo. En la antigüedad llamada Uaset, Tebas fue capital del Imperio Nuevo del Antiguo Egipto.

Alrededor del año 2050 a. C. Tebas sustituyó a Menfis como capital del antiguo Egipto y así se mantuvo unos 1,500 años. La actual ciudad de Luxor —670 km al sur de El Cairo, fundada en 2,575 a. C., es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo,— fue edificada sobre las ruinas de Tebas.

La tumba Tebana 39 es una de las 65 tumbas de la necrópolis tebana del Valle de los Reyes —donde se encuentran las tumbas de los faraones—, en Luxor, ciudad que ha sido calificada como “el museo al aire libre más grande del mundo”, ya que también alberga las ruinas de los templos de Karnak, que tiene su propia población en la ribera oriental del río Nilo.

La tumba Tebana 39 representa una importante muestra de la arquitectura y arte funerario de la nobleza egipcia de la Dinastía XVIII, alrededor del año 1500 a.C. La tumba perteneció a Puyemrá, segundo sacerdote de Amón durante los reinados de Hatshepsut y Tutmosis III.

Fue mi primera vez en Egipto, ¡y vaya primera vez que me tocó! Tuve mucha suerte

.¿Había nervio, emoción, cuando llegaste a tierra egipcia?

Había nervio, emoción; había de todo. Desde el nervio de llegar a un país muy diferente al mío, como la emoción de estar viviendo un sueño. Recordemos todas estas preconcepciones que se tienen sobre la restauración, sobre la arqueología.

Como que mucha gente se remonta específicamente a todos estos escenarios egipcios: las tumbas, las pirámides. Todas estas cosas muy exóticas, muy extravagantes.

Dije: estoy a punto de tener una experiencia única en la vida. Ahora sí que lo sentí en su momento como una parte cumbre.

Nos tocó trabajar principalmente con relieves tallados en piedra y con pintura mural al interior de la tumba. Fue una experiencia muy emocionante, muy retadora.

Era yo recién egresada; entonces, tienes el nervio de que, ¡ay!, no solamente voy a tener una oportunidad en Tebana así de interesante, sino que... estoy en el extranjero; estoy formando parte de un equipo interdisciplinario muy amplio y también internacional.

Te surgen dudas, por ejemplo de cómo va a ser la comunicación, qué materiales se tienen que usar; de repente lo cultural. Era como... bueno, el país es predominantemente musulmán, entonces, cómo me voy a desenvolver en ese ámbito; en ese contexto tan ajeno a mí, en una sociedad en la que la mujer es vista de una forma diferente.

Realmente, el equipo interdisciplinario de los locales, de la gente egipcia, era cien por ciento hombres. Las mujeres éramos las profesionales que veníamos de fuera. Eso fue también un reto.

Dejando de lado lo vivencial, lo cultural, la gran experiencia de estar en Egipto, de conocer; podría hacer hincapié en las condiciones climáticas.

Nosotros estuvimos trabajando en medio del desierto, en un clima extremadamente seco y con bienes que oscilaban los 3,000 años de antigüedad.

Entonces decías: “okey, todo lo que sé es referente a..., bueno, yo que ya tenía algo de práctica en cuanto a ladrillos en piedra y pintura mural aquí en la región, en la península, porque desde muy temprano en la carrera comencé a hacer servicio social y prácticas profesionales aquí en zona maya.

Dije, creo que puedo tener cierta noción. Pero no, porque el clima de aquí es en extremo húmedo. Los bienes aquí, aunque pueden ser un poco más “jóvenes”, están expuestos a otros factores climáticos.

Al llegar a Egipto dije: las cosas se conservan en forma muy distinta aquí, y por lo mismo no se utilizan los mismos materiales que estoy acostumbrada a usar.

Entonces, sí fue como estar muy atenta a lo que mis colegas que estaban en la coordinación del proyecto tenían que comentarnos de todos estos bienes en el plan más perceptivo, y ejecutar todo de acuerdo a sus lineamientos; preguntar, aprender. Fue una gran experiencia.

¿El arribo? Llegué a El Cairo y de ahí tomé un vuelo nacional, como de una hora, a Luxor. Estuve aproximadamente un mes en el proyecto.

La tumba Tebana 39 tenía aspectos muy particulares. Los relieves que tenía estaban tanto al interior como al exterior. Yo no tenía mucha experiencia con los glifos.

Allí fue donde se me instruyó en todo eso. Aún no me puedo jactar de ser la gran conocedora, pero todo fue muy apasionante. Teníamos en el equipo arqueólogos, egiptólogos.

Cada cosa que veían la podían desmenuzar de una forma impresionante.  

Proyecto de conservación y estudios de la tumba Tebana TT39 en Luxor, Egipto. Relieves y pintura mural de la Tumba Tembana 39 (TT39). Claudia lleva un pañuelo que recuerda a un hiyab (hijab), utilizado para cubrir el cabello mientras trabaja en la TT39. Fotografía de la Embajada de México en Egipto



EL TREN MAYA Y LA ARQUEOLOGÍA PENINSULAR

 ¿Cómo describirías la magnitud del rescate arqueológico en el Tren Maya?  

Diría que fue masivo, así lo describían mis compañeros que ya tenían mayor experiencia en esta clase de proyectos. Fue único, sin precedentes. Fue uno de los salvamentos arqueológicos más grandes que se han datado hasta hoy.

Fueron alrededor de 5,000 km de tramos; estos se dividieron en varios. Me tocó ser encargada del Laboratorio de Conservación en el Tramo 4, el de Valladolid.

Fue un proyecto masivo, no solamente por la extensión, sino porque hubo mucha gente involucrada. La verdad es que pudo ser hasta un poco abrumador; como muchos le llamarían, fue un “monstruo” de proyecto.

Realmente hubo una metodología de trabajo en la que nos dividimos en muchas secciones.
A mí la verdad me tocó ya lo último; es una labor que se realiza previo a todos los trabajos.

Para quien no esté familiarizado en lo que es un salvamento arqueológico, este es un tipo de proyecto que se lleva a cabo previo a diversas obras que se puedan realizar sobre áreas, sobre extensiones que pudieran tener valor arqueológico; de acuerdo a la región o diversas circunstancias se pueda determinar que existan vestigios arqueológicos ahí. Entonces, por protocolo se tiene que llevar a cabo uno de esos proyectos.

Muy a pesar de algunos intereses, muy a pesar de la prisa de algunos involucrados, se tiene que contratar un salvamento arqueológico para poder realizar sus cosas.

Este proyecto tuvo una metodología que involucró muchas partes, muchas secciones.

Hubo un trabajo previo en el que geólogos, topógrafos, con múltiple equipo especializado, en conjunto con arqueólogos, fueron determinando qué zonas eran prudente a excavar. Hubo muchísimos arqueólogos destinados a diferentes secciones; tambien hubo intervención de arquitectos, de gente que manejaba dron. Incluso, hubo un área muy amplia de gente procesando información.

Ya después de que las piezas pasaban por muchas manos, llegaban al laboratorio. Primero llegaban con los compañeros arqueólogos ceramistas, porque la mayoría de las piezas que llegaban a nosotros eran cerámica.

También habían piezas como restos óseos, metales, restos de estuco, pero principalmente trabajamos con cerámica.

Entonces, primero llegaban a su respectivo laboratorio de material , ya que ellos les hacían los análisis pertinentes; les levantaban sus cédulas con diferentes especificaciones materiales y técnicas.

Nos las hacían llegar a nosotros al laboratorio de restauración, en donde las sometíamos a otras pruebas para determinar cuál iba a ser la mejor forma de intervenir cada pieza. La interveníamos consecuentemente y también llevábamos a cabo muchos registros. 

Un laboratorio de restauración suele ser muy distinto al típico laboratorio que tenemos en mente. Sí tenemos muchos solventes... realmente, los laboratorios de restauración en los que estuvieron desarrollando las tareas de salvamento arqueológico fueron espacios adaptados, muchas dependiendo de la ciudad y del tramo en donde se llevaban a cabo las tareas, se rentaban inmuebles grandes, para que por un lado se estuvieran haciendo las tareas de análisis de datos, laboratorio de cerámica, de restos óseos, de lítica, de infinidad de cosas y de restauración.

A veces era como acondicionar un cuarto; a veces sí podía parecer un poco bodega para realizar las tareas, pero eso sí, con todos los materiales necesarios para hacer tanto pruebas como intervenciones. A veces los espacios podían ser un reto, sobre todo porque a quienes estuvimos en etapas, muy al principio del proyecto, nos tocó armar nuestros propios laboratorios; era ver qué materiales tenías, ver qué materiales se solicitaban, acondicionar el espacio. Todo esto a medida que iban llegando piezas.

Debido a que fue un proyecto tan grande hubo una cantidad de gente impresionante trabajando y también flotación de ésta. Estaba trabajando de la mano de tantos profesionales que a veces era un tanto difícil mantener esa comunicación.

Mis tareas no se limitaban a solo estar en laboratorio. Había ocasiones en las que tenía que ir a equis punto de la carretera porque había ocurrido un hallazgo de alguna pieza de algún resto óseo en estado muy frágil ; entonces llegábamos in situ a hacer embalajes. Dentro de nuestros estudios nos forman para hacer embalajes muy especializados. Entonces llegábamos a realizarlos y poder transportar las piezas de la forma más óptima, y a veces también a veces consolidaciones in situ.

Así, nos tocaban días de estar en laboratorio, tal vez atareados pero un poco frescos; otros días, ir a campo y estar bajo el sol, entre la tierra haciendo embalajes, haciendo consolidaciones, tomando muestras, y de repente movernos incluso de un estado a otro. Sí fue un trabajo muy movido. 

Acerca del destino de las piezas, es una pregunta muy interesante, pero uno se enfrasca trabajando, pasa el tiempo y resulta muy gratificante ver cómo tu trabajo queda plasmado en distintos lados.

Por ejemplo, de los productos del proyecto, me tocó colaborar con algunos artículos que se publicaron en la revista Arqueología Mexicana; también tengo colegas que participaron en el proyecto y deben haber muchísimos más artículos de los que puedo recordar.

Respecto a las piezas, nosotros hicimos una tarea muy minuciosa de registro y un embalaje de acuerdo con los lineamientos de conservación. Hay algunas piezas que se mandaron a diferentes bodegas; hay otras que se continúan estudiando en algunos Centros INAH, en laboratorios de análisis de materiales, y otras más han estado en exposiciones.

De hecho, algunas de las piezas que restauré estuvieron en Exposición Temporal en el Centro Cultural Los Pinos, en Ciudad de México, y ahorita se encuentran otras en El Ateneo, en Mérida.

El Tren Maya fue mi primer vez participando en un proyecto tan grande. Desde que egresé, hasta ese punto de mi carrera solamente había trabajado en proyectos de restauración, en los que de repente sí había colaboración de arqueólogos, pero seguían siendo finalmente proyectos de restauración, regulados, coordinados por instancias totalmente de restauración-conservación.

El proyecto de salvamento arqueológico fue el proyecto en el que la parte de conservación fue solamente... no lo digo haciéndolo menos, fue una pieza de muchas.

Aprendí muchísimo; al principio llega uno un poco intimidado, pero de repente dices: “ya estoy aquí como pez en el agua; estoy aprendiendo mucho; estoy platicando con profesionales de otras áreas”.

Fue una experiencia sumamente formativa.  Me tocó vivir experiencias increíbles; conocer gente de la que aprendí muchísimo; ver piezas impresionantes en contextos aún más impresionantes.

También conocer un poco más íntimamente esta península; ahora sí que ya no por encimita: el centro histórico, la gastronomía... la conocía por el subsuelo, incluso.

Proceso de unión de fragmentos del objeto cerámico T4_10208_202_0001356, proveniente del Tramo 4 del Tren Maya.