Cuenta el Lic. Lima cómo convenció al presidente Ruiz Cortines construir una carretera de 130 km, de Chemax a la selvática costa norte del Territorio de Quintana Roo

José de Jesús Lima Gutiérrez durante una sesión de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión en la década de 1940.
El Lic. Lima en su curul de la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión en el periodo 1943-1946, de la cual también formó parte Gustavo Díaz Ordaz, luego presidente de la república.

JUSTO MAY CORREA

1 de octubre de 2026

Lograr que construya una carretera no es cosa fácil, pues el dinero escasea y siempre hay cuestiones prioritarias qué atender. Convencer a alguien de construir una carretera a un lugar inexistente a través de más de cien kilómetros de territorio despoblado y selvático, es mucho más difícil. Sin embargo, José de Jesús Lima pudo hacerlo. Convenció al gobierno federal de hacer una carretera a Puerto Juárez, un lugar que sólo existía de nombre, y con ello se rompió el aislamiento  en que por siglos había vivido el norte de Quintana Roo y se sentaron  las bases para el desarrollo turístico de la franja costera en esa región. Aquello ocurrió durante el sexenio presidencial de Adolfo Ruiz Cortines, cuando era Secretario de Comunicaciones el Arq. Carlos Lazo, muerto en un accidente de aviación en1955. Esa época todo el litoral mexicano del Caribe se hallaba prácticamente incomunicado por tierra con el resto del país. Únicamente Chetumal tenía una precaria comunicación terrestre —con Mérida vía Peto— por una ruta que era mitad brecha y mitad carretera. Pero al resto de la extensa costa quintanarroense no llegaba un solo camino. (Introducción del maestro Juan José Morales Barbosa al capítulo 12 del libro del Lic. Lima).

En la época en que hicimos las primeras cabañas y la casa en Isla Mujeres, tenía un doble interés en que hubiera una buena carretera de Mérida a la costa norte de Quintana Roo. Por un lado, como flamante isleño había conocido en carne propia los rigores de la incomunicación por tierra y la necesidad de romperla. Por otro, deseaba contribuir al desarrollo de la península y sabía de un interesante proyecto, elaborado cuando fue Secretario de Comunicaciones el general Juan Andrew Almazán, que muchos consideraban demasiado audaz y desmesurado para las condiciones de la época, pero de haberse llevado a cabo habría significado una pequeña revolución turística: el Circuito del Golfo.

La idea era que los turistas pudieran dar la vuelta al Golfo de México por tierra y en transbordadores que comunicaran Cuba con las penínsulas de Yucatán y la Florida. Un paseante que partiera en automóvil de Nueva Orleans, podría entrar a México por Matamoros, recorrer Tamaulipas, Veracruz y Tabasco por la carretera costera del Golfo, cruzar Campeche y Yucatán, y una vez llegado a la costa del Caribe en Quintana Roo, embarcarse con vehículo y todo hasta Cuba. De ahí seguiría en otro transbordador a Florida para regresar a su punto de partida por los caminos norteamericanos.

El proyecto sonaba muy bien, excepto por un detalle: de la carretera costera del Golfo no existían en México más que unos pocos tramos aislados y no había ni siquiera planes para construirla. Tampoco había instalaciones portuarias en Quintana Roo ni, mucho menos, transbordadores.

Pero siempre he pensado que mientras más cosas faltan y mientras mayores sean las dificultades, más empeño hay que poner para conseguir lo que falta y remontar los obstáculos. Así que me propuse  convencer al gobierno  federal de que prolongara hasta la costa de Quintana Roo, frente a Isla Mujeres, la carretera de 190 kilómetros que ya existía entre Mérida y Chemax. Faltaban sólo 130 kilómetros, y además por terreno llano y firme. El único tramo difícil sería el final, de dos kilómetros, por el suelo pantanoso.

“Si no existe, lo hacemos”

Carlos Lazo, entonces Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, también acostumbraba pensar en grande y tenía experiencia en esas cosas. Él dirigió las obras de la Ciudad Universitaria y a él se deben, entre cosas, el Viaducto Miguel Alemán, primera vía rápida para automóviles en la capital del país, y el Centro SCOP (de la entonces Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas), primer gran conjunto de oficinas burocráticas concebido, proyectado y construido como tal. Entre sus ideas tenía un ambicioso plan de carreteras a base de ejes y circuitos que enlazaran a todos los estados. Mi idea encuadraba dentro de ese proyecto y decidí aprovecharlo.

Sin embargo, usualmente las carreteras se hacen para llegar a algún sitio y para comunicar a los poblados por los que pasa. En el caso del proyectado camino Chemax-Puerto Juárez, a lo largo de sus 130 kilómetros había apenas un par de diminutas aldeas perdidas en la selva y un campamento chiclero: lo que ahora es la población de Leona Vicario, a 45 kilómetros de Cancún. Puerto Juárez era sólo un nombre muy rimbombante en el mapa. En el Puerto Juárez real no había más que unas cuantas chozas de pescadores y nubes de mosquitos. 

Como es de suponerse, la primera respuesta a mi petición fue negativa. Lo que ese camino costaría, aunque no era mucho, podría utilizarse mucho mejor en otra parte. “No podemos hacer una carretera a un lugar que no existe”, respondió Lazo.

“Pues si ese es todo el problema —le contesté—,es muy fácil resolverlo; vamos haciendo Puerto Juárez.”

Había un viejo proyecto de un brillante arquitecto para convertir en puerto toda la llamada Bahía de Mujeres. Era un proyecto muy ambicioso. Comprendía inclusive parte de la zona de humedales aledaña a la laguna de Nichupté; precisamente el sector donde se decidió  construir la gran marina internacional de Puerto Cancún. “Vamos reviviendo ese proyecto”, le dije a Lazo.

Y comencé a hablar como perico para entusiasmarlo. Le pinté un panorama de miles y miles de vehículos que viajarían por las carreteras que él planeaba, cargados de turistas que dejarían sus dólares en la península yucateca y los estados del Golfo. Le describí el Caribe mexicano y lo maravillado que había quedado el general Andrew Almazán, su antecesor en la Secretaría, cuando visitó Isla Mujeres.

Proyectos desempolvados

Lazo se interesó. Se desempolvaron los estudios y proyectos sobre Puerto Juárez y el ordenó a Guillermo Rosell de la Lama, quien luego fuera Secretario de Turismo y gobernador de Hidalgo, reunir toda la información pertinente.

Yo, mientras tanto, andaba moviendo mis hilos en Quintana Roo. Sugerí a Margarito Ramírez, gobernador del territorio, que invitara a Lazo a visitar la zona y le puso un avión a su disposición. Lo acompañé en un vuelo a lo largo de la costa, señalándole detalles, contándole historias y anécdotas y dándole toda clase de explicaciones. Igual que Almazán, Lazo quedó estupefacto al ver la blancura de las playas y los azules del mar. Pero sobre todo, le impresionó profundamente lo despoblada que entonces estaba la costa, donde los únicos indicios de presencia humana eran antiguos faros porfirianos y las tres o cuatro casitas de cada rancho coprero. Cuando aterrizamos, ya estaba convencido de que, con Circuito del Golfo o sin él, la costa de Quintana Roo tenía un extraordinario potencial turístico y había que comenzar a desarrollarlo.

Con las impresiones del recorrido, y con los datos del voluminoso expediente que le había preparado Rossell de la Lama, se despejaron las ultimas dudas de Lazo y le planteó el asunto al presidente Ruiz Cortines. Lo que no sabía era que entre Don Adolfo y yo había una amistad bastante estrecha y que ya estaba en antecedentes del asunto a través de Enrique Rodríguez Cano, Secretario de la Presidencia, también muy buen amigo mío. Además, ya había aprovechado aquella oportunidad en que acompañé a Ruiz Cortines en un viaje por tren a Guanajuato, para hablarle extensamente de la costa del Caribe y de la necesidad de comunicarla con el resto del país. Por ello Lazo quedó desconcertado cuando, al plantearle el proyecto de la carretera durante un acuerdo, el Presidente le comentó sonriendo:” ¿Conque Puerto Juárez, no? En esto, Carlos, ya has de andar coludiéndote con Limita”.

Se revisó el presupuesto y se decidió que para reducir costos el camino inicialmente sería sólo revestido, no pavimentado. Eso vendría después. Y se inició la construcción de la primera vía terrestre a la costa caribeña propiamente dicha, a través de la selva del oriente de Yucatán y el norte de Quintana Roo, que entonces era verdaderamente selva.

El último estirón

Todo marchó muy bien hasta llegar al punto ahora conocido como El Crucero, en el actual Cancún. Ahí termina el terreno firme y rocoso y comienza un tramo de dos kilómetros de pantanos y manglares. Para cruzarlos, había que construir un terraplén, que resultaba demasiado costoso. Y como no había dinero suficiente, se paró la obra. Ya para entonces Lazo había muerto en un accidente de aviación… un cuatro de octubre, lo recuerdo bien, cuando quiso irse a Acapulco a celebrar su cumpleaños… y el nuevo Secretario de Comunicaciones y Obras Públicas no tenía el mismo interés por concluir la obra.

De nada nos sirve una carretera trunca, le dije a los comerciantes y funcionarios de Isla Mujeres y Cozumel. Una carretera que va al mar debe llegar al mar. Así que vamos moviéndonos para que se termine.

Entre todos presionaron, consiguieron fondos, y se dio el último estirón. Por fin se había concluido ese modesto trecho del proyectado Circuito del Caribe. Ciertamente no había muelles ni transbordadores a Cuba, y la península de Yucatán aún seguía incomunicada por tierra con el resto del país. Pero de ningún modo fue una obra inútil.

Cuando se abrió la brecha, a mí se me abrió el mundo. Y no sólo a mí. También a los habitantes de Quintana Roo, que hasta entonces habían vivido en un aislamiento increíble, que solamente pueden concebir aquellos que lo sufrieron. A Cozumel había dos o tres vuelos semanales. Isla Mujeres carecía de servicio aéreo regular. Quien necesitaba salir o llegar por avión, debía contratar un vuelo especial, lujo que pocos podían darse. Para la inmensa mayoría viajar significaba dos o tres días bamboleándose en un barquito de cabotaje, sin saber cuándo los iba a agarrar un norte o un huracán, durmiendo en la cubierta entre sacos de copra que impregnaban todo con su olor a aceite rancio y a veces en compañía de cerdos chillones o tortugas vivas que aleteaban panza arriba. Así se viajaba a Progreso o Chicxulub desde Isla Mujeres, Cozumel y Puerto Morelos.

Con el camino, aquello se acabó. De Isla Mujeres a Puerto Juárez se hacía menos de una hora en barco. Desde Cozumel cuatro o cinco. Y de Puerto Juárez, en autobús, se llegaba a Mérida el mismo día. Ya los heridos y enfermos graves no morían por no poder pagar, o simplemente no poder conseguir una avioneta que los llevara al hospital en Mérida. Ya las mercancías podían llegar con muchísimo mayor rapidez y seguridad en camión hasta Puerto Juárez, donde se embarcaban para el corto cruce a Isla Mujeres o a Cozumel.

La conexión norte-sur

Luego vendría el ramal de El Crucero a Puerto Morelos, un camino revestido y de anchura suficiente apenas para solo vehículo, pero que redujo todavía más el tiempo de viaje hasta Cozumel al acortar el tramo marítimo  de la travesía. Luego ese ramal se ensanchó y pavimentó, para continuarlo hacia el sur, hasta Playa del Carmen, Tulum y, finalmente, a Carrillo Puerto. Ahí se unió con la carretera  Mérida–Chetumal, y de esta manera se estableció algo que pocos quintanarroenses hubieran siquiera soñado unos años atrás: la conexión por tierra entre el norte y el sur  del estado.

Por cierto, la brecha de Mérida a Chetumal, que luego se convertiría en carretera, se la sacó Margarito Ramírez al general Maximino Ávila Camacho cuando fue Secretario de Comunicaciones y Transportes, pues Ávila Camacho fue su ayudante en los tiempos en que Margarito gobernó Jalisco.

En fin, el modesto camino revestido —“camino blanco” como se dice en la región— de Chemax a Puerto Juárez le abrió el mundo a los quintanarroenses del norte y fue el detonador del desarrollo  de la  costa caribeña.

Pero el Circuito del Golfo se quedó en proyecto. No por mala planeación ni porque fuera irrealizable, sino por circunstancias internacionales imprevistas. Las carreteras a través de Tabasco y Campeche se terminaron oportunamente. Pero sobrevino la Revolución Cubana.

Al principio, pareció que el plan podría seguir adelante, pues el nuevo gobierno de La Habana —y concretamente el Ché Guevara— estaba interesado en él. Incluso, se diseñó un mecanismo financiero triangular a través del cual se conseguiría el transbordador para dar servicio entre México y Cuba. Los cubanos entregarían mieles y azúcar a Dinamarca, México daría petróleo a Cuba, y Dinamarca el barco a México. Sería uno de esos transbordadores enormes, donde caben cientos de automóviles y un tren completo, que cruzan el Báltico de Noruega a Dinamarca. La terminal mexicana sería Puerto Juárez y la cubana Puerto La Fe, en occidente de la Isla. De ahí por carretera a La Habana, de donde el servicio a Florida sería cubierto por ferries norteamericanos o cubanos.

Era un buen plan, pero se suspendió cuando comenzaron a ponerse tirantes las relaciones cubano-norteamericanas. Luego vino la ruptura de relaciones, el bloqueo, la invasión de Bahía de Cochinos y todo lo que se sabe, y el proyecto del Circuito del Golfo se quedó esperando mejores tiempos. Pero el esfuerzo dejó como fruto muy importante la carretera  a Puerto Juárez, que no sólo rompió el aislamiento del norte de Quintana Roo sino que, repito, sentó bases para la creación de Cancún, muchos años antes de que se pensara siquiera en él. Sin esa carretera, Cancún no hubiera podido construirse. Porque, ¿Cómo traer miles y miles de toneladas de material de construcción, y cómo transportar a miles de trabajadores?

Por cierto, aprovechando la gran cantidad de maquinaria pesada que mandó Carlos Lazo a Quintana Roo para construir esta carretera, se nos ocurrió hacer cuando menos la terracita del aeropuerto de Puerto Juárez, y así se hizo. Se tiró la selva y se acondicionó una magnifica pista de aterrizaje, que curiosamente no se volvió a usar hasta que empezó la construcción de Cancún. Fue su primer aeropuerto. Esta pista finalmente se convirtió en parte de la avenida Kabah. También así, a la par con comunicación terrestre, se abrió para el norte de Quintana Roo la posibilidad del transporte aéreo.