¿QUIÉN ERA?
El mismo Lima Gutiérrez nos lo cuenta en el capítulo I, "Infancia y juventud", de su libro "José de Jesús Lima, forjador de Isla Mujeres", de Juan José Morales Barbosa, publicado en 2007:
Nací en Guadalajara en 1912, en el año del famoso temblor del volcán de Colima. Por eso digo que soy hijo del volcán. Mi madre, Guadalupe Gutiérrez Cornejo, alteña, de Jalostotitlán. Mi padre, Salvador Lima García, abajeño, de Autlán de Navarro, un pueblo perdido en las montañas donde hasta los años 30 sólo se podía llegar a caballo desde Sayula y que prosperó cuando se estableció la Minera de Autlán para aprovechar los yacimientos de manganeso durante la guerra, y hasta tiraron las bardas de los corrales para moler las piedras y sacarles el metal, que se embarcaba en Manzanillo en cantidades astronómicas.
Mi madre, muy blanca, de ojos cafés claro; mi papá moreno, indio, de ojos y pelo oscuros. Toda la vida jugamos con eso. “Pero Doña Guadalupe, madre —le decíamos—, ¿cómo te fuiste a enamorar del indio este tan feo?» Pero gracias a él llegué a la vejez con este cabello negro, porque no hay indio canoso.
Mi madre muy inteligente, capaz, maestra distinguida, el número uno en su generación, ahijada del famoso coronel porfiriano Miguel Ahumada, que antes de ser gobernador de Jalisco lo fue cuatro veces de Chihuahua. Su madrina, Jesusita Romo, esposa de Ahumada.
Era la consentida de ellos. Naturalmente, como ahijada del gobernador obtuvo trabajo de inmediato. Su primer empleo se lo dieron en Ciudad Guzmán; Zapotlán el Grande, como antes se llamaba.
Mi padre, Don Salvador, maestro distinguido, director de Educación Pública en Jalisco, creador del Tribunal de Menores, llevó la educación a las prisiones y escribió varias obras pedagógicas. Aunque era de Autlán, toda su vida de estudiante y maestro la hizo en Guadalajara.
Ahí conoció a mi madre, cuando fueron compañeros en la normal. La siguió hasta Zapotlán el Grande, y después de casarse se fueron a vivir a Guadalajara.
Ambiente de misa, rosario y cirial
De la familia de mi madre, de Jalostotitlán, el papá era comerciante y tuvo un montón de hijos con olor a santidad, pues tres de ellos fueros sacerdotes, una maestra y una monja, que fue madre superiora del convento de La Trinidad, dedicado a atender enfermos. Éramos todavía bien chiquillos, 7-8 años, y nuestra gran diversión era ir al convento con la tía monja, para ayudar a hacer las hostias de consagrar, las que tenían el Cristo, que eran preciosas. Si podía, hurtaba algunas, pues las viejitas beatas me daban un quinto por cada hostia de esas; una fortuna para un niño. Y para salvar nuestras almas, a aprender el catecismo con los diez mandamientos —»no robarás»— y a atender enfermos. En el hospital me ponían inyecciones de cacodilato de sodio, que era la vitamina D. Ahí vi el primer muerto, porque mi mamá nos hacía ayudar en el hospital cuando había algún problema. Mi madre me hizo verlo antes de que lo subieran a la carroza, llena de pompones y tirada por caballos negros.
También hice de monaguillo y aprendí a ayudar en la misa. Un día se me cayó un cirial y le puse al padre un cirialazo que le dejó tremendo chichón. En casa, cuando Don Salvador, mi padre, se enteró de lo que había sucedido se moría de la risa, pero me preguntó medio enojado: «Y tú, ¿qué andas haciendo con esas tarugadas?» Era librepensador, muy liberal, aunque nunca fue masón.
Creo que la influencia de Don Salvador fue lo que me salvó de convertirme en cura, estando yo metido en ese ambiente de misa, rosario y cirial, superconsentido por las monjas —a las que admiraba yo por su bondad y dedicación— y con todas las atenciones de que me hacían objeto. Hasta me invitaban a desayunar con un canónigo que era el patrono de la fundación, vestido con todos los arreos; y yo con la boca abierta.
Como dije, además de la tía monja, tenía también del lado de mi madre tres tíos sacerdotes: Salomé, escritor y poeta, que murió de tifo en San Luis; Melesio, que murió en Aguascalientes de tuberculosis; y Trinidad, que fue mi padrino de bautizo. Otro tío, Benito, se perdió en la Revolución.
Naturalmente, mi madre, muy católica, me hizo pasar por toda esa escoleta lógica de bautizo, primera comunión, catecismo, recibirle a las muchachitas en mayo las flores (nos peleábamos por lograr que nos tocara la más bonita) y hasta el trabajito de acólito con todo y cirialazo al cura.
Muebles perpetuamente enfundados
En Guadalajara vivíamos en el 606 de la calle de Prisciliano Sánchez, alquilada. Típica casa tapatía, con cancel, amplia entrada, patio embaldosado con ladrillos rojos, clásica sala encortinada, solemne, con piano y muebles perpetuamente enfundados que sólo se destapaban cuando había fiesta, bautizo, casorio o velorio. En un cuarto dormíamos los hombres, en otro las mujeres, y en la recámara principal Don Salvador y Doña Guadalupe. El baño era una tinaja con agua helada que se sacaba y se ponía al sol para que se entibiara —que se “quebrantara”— y cada sábado, lo demandara el cuerpo o no lo demandara, a bañarnos y a refregarnos con estropajos en los pies y detrás de las orejas.
Fuimos cuatro hombres y tres mujeres, maestras las tres. Una, Ana María, casada con un maestro, fue directora eterna de jardines de niños en Baja California, hasta que la jubilaron a fuerza. Otra, Rosa María, un año menor que yo, fue maestra de primaria, y la tercera, María Eugenia, maestra y pintora. De los hombres, Javier, médico y psicólogo; Salvador, doctor en biología, maestro y funcionario de la UNAM, director de la preparatoria No. 5; y Mario, ingeniero químico, especialista en producción de azúcar que, paradójicamente, heredó la diabetes de mi padre y murió de eso.
Del lado de la familia de Rebeca fueron 12, así que tengo un montón de primos, sobrinos y cuñados y además parientes directos y políticos. Por eso cuando fui diputado no quise irme a vivir a Guadalajara; para no toparme con tanta gente.
Fue la nuestra una infancia tranquila y feliz, como la de tantos otros niños provincianos, sin grandes acontecimientos, porque cuando empecé a tener uso de razón, ya había pasado el periodo más agitado de la Revolución, que además no se sintió mucho en Guadalajara. Cualquier cosa que se saliera de la rutina nos parecía extraordinaria. En la primaria tuve una maestra, Adela Gaitán, muy querida, que también me consentía mucho y me llevó de vacaciones a Tizapán El Alto, al otro lado de la laguna de Chapala. Así hice mi primera travesía en barco, que se llamaba El Viking. Tardaba uno como una hora en el cruce en ese barquito que tenía hasta camarotes y se nos hacia un trasatlántico.
En Tizapán desemboca un río que le llaman La Pasión porque sus aguas son rojas, como sangre. Ahí empecé a ver campesinos, que no los conocía. Iba a ver cómo se sembraba, cortaba y molía la caña de azúcar en la hacienda San francisco, administrada por unos japoneses que fueron también los primeros que vi en mi vida.
Mudanza a la Ciudad de México
Era todavía un niño cuando mi familia se fue a vivir a la Ciudad de México, a principios de la década de los 20. Eran años de mucha turbulencia política. Aunque ya había terminado la lucha armada entre las principales facciones, las de Villa y Zapata por un lado, y Carranza y Obregón por el otro, entre los triunfadores había grupos que seguían disputándose el poder. Y un resultado de esas pugnas fue el crecimiento de la capital del país. Porque cada vez que en un estado cambiaba el grupo gobernante, los desplazados huían a México. Así, también a base de exiliados, crecía la población del Distrito Federal. Había el grupo veracruzano, el jalisciense, el michoacano, el sonorense… Todos tenían sus restaurantes y sus casinos, y todos vivían esperando que cayera el que los había echado, para regresar. Pero la mayor parte de ellos nunca volvieron a sus estados. Era mejor la Ciudad de México. Ahí estaban los poderes federales, había más vida política y había auge económico.
En uno de tantos movimientos políticos, el Partido Liberal Constitucionalista fue desplazado por el Partido Cooperatista y, como resultado, salió del poder en Jalisco el grupo en el que militaba mi padre y que estaba encabezado por el entonces gobernador Basilio Vadillo, quien fue desaforado en 1922 y se fue de embajador a Noruega. Luego lo fue en la Unión Soviética y Suecia, y posteriormente, en 1929, primer director del diario El Nacional, órgano del Partido Nacional Revolucionario.
Como resultado de ese cambio político, mi padre prefirió irse a vivir a la capital de la Republica.
En lugar del grupo de Basilio Vadillo, subió el de José Guadalupe Zuno —mi futuro suegro—, Esteban García de Alba —mi futuro jefe— y Silvano Barba González, un talentoso político que fue gobernador de Jalisco y con el que siempre estuvo muy ligado Don Esteban. Era el que se conoció como Grupo Jalisco que, curiosamente, estaba formado por puros civiles. No había militares en él. O si los había, no destacaban; los brillantes eran los civiles. Y realmente brillantes y hábiles. Cuando Calles quiso acabar con el gobierno de Jalisco, enfiló todas sus baterías contra Zuno, que era el gobernador. Pensaba Calles que al acabar con él, destruiría al Grupo Jalisco. Pero le contestaron con una buena jugada: Zuno renunció, entró como gobernador interino Clemente Sepúlveda… y toda la ofensiva de Calles se desinfló, porque era contra Zuno, no contra el grupo, que de todas maneras seguía en el poder. Al poco tiempo fue gobernador Silvano Barba González y de este modo regresaba el grupo de Zuno al poder.
Pero para mí todos esos acontecimientos políticos, que a la larga iban a influir en mi vida, no significaban nada en esos momentos. Yo era un niño de 10 años interesado sólo en juegos y travesuras.
Como buenos pueblerinos
Era entonces secretario de Educación José Vasconcelos, quien nombró a mi padre inspector en Tamaulipas, donde gobernaba el licenciado Emilio Portes Gil y era director de Educación Lauro Aguirre, el gran reformador de la enseñanza Normal en México y fundador de la Escuela Nacional de Maestros. Así comenzó Don Salvador, y así comenzó su hijo José de Jesús, a conocer el país, que en realidad nadie conocía. Todos éramos localistas hasta la exageración. El famoso licenciado Zuno, político, brillante escritor y pintor, no conocía el mar, a pesar de que Jalisco, el estado que gobernó, tiene costa. Lo vino a conocer en Veracruz, muchos años después. Y cuando vio la bahía llena de petróleo, preguntó: «¿Esto es el mar que tanto elogian?»
De Tamaulipas pasó nuevamente mi padre a la Ciudad de México, también como inspector. Empezó a dar clase en la Normal, consiguió otras clases por aquí y por allá para aumentar sus ingresos, se fue encarrilando en la ciudad, y mandó por la familia. Ahí llegamos todos, mi madre y sus siete hijos. Como buenos pueblerinos, a vivir en el mero centro; en la calle de Mesones, que entonces estaba llena de casas coloniales, casi todas de dos pisos, que en sus tiempos fueron aristocráticas. Pero los ricos, los hacendados que ahí vivieron, ya se habían mudado para otros rumbos. Ya se había hecho la colonia Juárez, que era la de los porfirianos, y la Santa María, donde tenían sus casonas los más viejos y más porfirianos. La gran novedad en ese entonces era la colonia Roma, que se estaba construyendo. La casa donde nos mudamos era mitad vivienda y mitad bodega, como casi todas las demás de Mesones.
Me inscribieron en una escuela de salesianos franceses de las calles de Corregidora, en un edificio con patios enormes que había sido una gran finca. Nos ponían a cantar salmos y nos enseñaban francés, pero yo no aprendí a decir bon jour. Luego, por andar comiendo por las calles jícamas con chile de a un centavo y toda clase de cosas por el estilo, agarré una tifoidea que por poco me manda al panteón. Y como eran los tiempos en que no había ni sulfas, ni penicilina ni nada que se le pareciera, el tratamiento consistía en dejar que la fiebre hiciera crisis a los 20 días, y mientras tanto aplicar unas inyecciones de plata coloidal que lo hacían saltar a uno como epiléptico. En ese plazo o brincaba uno la reata, o se ahorcaba. Algunos médicos empezaban a usar baños de agua fría para bajar la fiebre, pero la gente decía que eso era una herejía y una barbaridad; quizá porque casi nadie se bañaba. Si acaso los sábados, y con piedra pómez para restregarse los pies y detrás de las orejas. Eso… lo de no bañarse…fue una costumbre que nos dejaron los españoles. Porque los aztecas y los mayas sí eran muy limpios. En cambio los españoles, cuando los metieron al temascal, pensaron que los iban a quemar vivos. Pero no, era sólo para bañarlos y quitarles la peste.
Roma-Tacuba-Lomas y anexas
Después de mi enfermedad, mi padre decidió que debíamos salir del centro, y encontró una casona en la colonia Roma; en el número 110 de las calles de Córdova, recuerdo muy bien. Después de haber vivido en el centro, ahí nos sentimos a maravilla. La zona estaba llena de árboles, acababan de construirse los Jardines Orizaba y Ajusco, que fueron los primeros de la colonia, y había un tumbadero de árboles para abrir la avenida Jalisco.
Ahí vivimos tres años. Luego le aumentaron la chamba a mi papá y nos cambiamos a la calzada de México-Tacuba, frente a la Normal. Para ir a dar sus clases, simplemente cruzaba la calle. Y a sus visitas de inspección por otros rumbos, se iba en tranvías o camiones. Nunca tuvimos automóvil. Casi nadie lo tenía. Sólo los muy ricos. Era algo excepcional. La ciudad, además era pequeña: 400 mil o 500 mil habitantes, cuando más. El aire todavía estaba limpio; se veían los volcanes, el Ajusco, las montañas detrás del Castillo de Chapultepec y el cerro del Chiquihuite al norte.
Más adelante nos pasamos a vivir en casa propia en las Lomas de Chapultepec. Pero no porque fuéramos potentados, sino porque mi padre se consiguió ahí un terreno baratísimo, a diez pesos el metro. Resulta que ese fraccionamiento, que comenzó llamándose Chapultepec Heights, había sido un fracaso. Por eso los lotes se vendían a precio de regalo. Resurgió y se volvió la zona más elegante de México ya casi a principios de los 40. Mientras tanto, el maestro Lima se había comprado su terrenito con un préstamo de Pensiones, y con otro se pudo hacer una casa de 10 mil pesos.
En aquel entonces las Lomas eran como un desierto, con calles empedradas o de tierra. En tiempos de aguas se llenaba de charcos y de corrientes que bajaban de los cerros. Además, estaba lejísimos. Del centro hasta allá se hacían… ¡40 minutos! Y había camiones carísimos —de veinte centavos— en los que todo mundo iba sentado. El último era a las once de la noche, y después, o se iba uno en taxi, lo cual resultaba prohibitivo ya que costaba un peso, o caminando.
La tradición familiar
Como hijo de maestro, me pareció de lo más natural ser maestro también, como lo fueron también, para variar, mis tres hermanos y mis tres hermanas, así que me inscribí a la Normal. Era entonces director Lauro Aguirre y secretario el maestro Daniel Huacuja. Y como necesitaba ganar algún dinero, allá por 1929, mientras estudiaba trabajé en una escuela nocturna de la calle de Héroes, la Belisario Domínguez, dando clases para adultos de 7 a 9 de la noche. Pero mi nombramiento no era de maestro, sino de mozo de aseo de primera. Me lo dio un amigo de mi padre, el profesor Mejía. Conservo todavía ese documento. Posteriormente me dio otra chamba otro amigo de mi padre, Rafael Ramos, que era delegado de Tlalpan. Por cierto, años más tarde, cuando estaba yo en la Dirección de Pensiones, me tocó ayudar a Rafael y a su hermano Manuel, que eran maestros, a construir una unidad habitacional.
De la Belisario Domínguez pasé a dar clases a otra escuela por el rumbo de La Lagunilla, la Héroes de Churubusco, en Incas No. 9. Pero ya para entonces me habían ascendido. Mi nuevo nombramiento no era de mozo sino de conserje, para mejorarme el sueldo. Ahí también impartía clases Doña Eva Sámano, que después sería de López Mateos. Era otra inmigrada, aunque no por razones políticas sino religiosas. Su familia, que era protestante cuáquera, había tenido que salir huyendo del Estado de México por el acoso que grupos de católicos fanáticos desataron contra los evangelistas en la zona de Ixtapan de la Sal y Villa Guerrero.
Pero aunque estudiaba para maestro, mi meta era ser abogado, así que simultáneamente con las clases en la normal, que tomaba por la mañana, en la tarde cursaba la preparatoria. Y por la noche, como decía, trabajaba. En esa época era bastante común llevar paralelamente la normal y la preparatoria. Así estudió López Mateos, y por eso cuando llegó al poder le aparecieron tantos compañeros de banca. Los tuvo por partida doble.
De mi generación en la Normal hubo algunos muy brillantes, como Arcadio Noguera, que fue Subsecretario de Agricultura y de Educación; Ismael Rodríguez, autor de varios textos de educación marxista; Roberto Barrios, líder de la CNC; Gregorio Rojas y otros.
Hasta para jugar dominó de apuesta
Terminé la Normal y la preparatoria y comencé la carrera de leyes, pero continué trabajando como maestro. No fui el único. Muchos estudiantes hacían lo mismo: primero estudiaban simultáneamente la preparatoria y la Normal —para así poder trabajar como maestros y ganar dinero—, y luego proseguían estudios profesionales.
Fueron generaciones muy dinámicas y constructivas. Todos éramos pobres, hijos de pobres, que necesitábamos trabajar en algo para vivir. Por eso la universidad se llenó de maestros aspirantes a abogados, médicos, arquitectos, odontólogos o ingenieros. Era una delicia. Trabajaba uno en la mañana y para estudiar tenía las tardes libres y dos meses de vacaciones, más otras las vacaciones intermedias. Y además, con dinero. Éramos los ricos entre los estudiantes. Teníamos quincena; decena, que era como se pagaba. Nos alcanzaba hasta para jugar dominó de apuesta.
Curiosamente, aunque luego la política fue una de mis pasiones, en mi paso por la Normal y la universidad nunca le hice a la política estudiantil. Me dedicaba al basquetbol. Me tocó el movimiento del 28, pero lo vi pasar. No participé en el él, a pesar de que tenía una amistad muy entrañable con Carlos Zapata Vela, que fue líder en ese movimiento. Todavía nos queremos mucho y a cada rato nos hablamos por teléfono. Ha estado aquí en Isla Mujeres dos o tres veces. Fue presidente de la Sociedad de Amistad México-URSS. Gracias a él conocí la Unión Soviética fuera del montón de turistas.
A los demás líderes del 28 los conocí después. En esa época, tres o cuatro años de diferencia de edad eran una enormidad. Uno estaba en primer año y los otros ya estaba terminando la carrera.
Ya casi para graduarme, mi padre me consiguió algunas clases de civismo, historia y geografía en secundarias particulares. Ganaba 60 ó 75 pesos al mes por cada hora que impartía al día. En la Abraham Castellanos, por ejemplo, me echaba tres horas diarias. Era un trabajo muy agradable, porque andaba en los 18 ó 19 años, y los alumnos …o más bien las alumnas… eran casi de mi edad. En esa época le di clases a Manuel Marcué Pardiñas, un personaje muy destacado en la política de izquierda —fundó las revistas Política y Problemas Agrícolas e Industriales de México— y a Luis M. Farías, que después fue gobernador de Nuevo León.
Con los neveros del Iztaccíhuatl
Y como mis alumnos eran apenas un poco menores que yo, los encampanaba y los sábados y domingos me los llevaba a excursionar a los volcanes. Salíamos a las 6 de la mañana en el autovía a Amecameca. De ahí, nos echábamos cuatro horas caminando hacia arriba. Luego, al día siguiente, a bajar casi corriendo para tomar el tren de regreso a las siete de la noche. A veces nos quedábamos a dormir en las grutas del Iztaccíhuatl. Ahí acampábamos junto con los neveros que todavía en esa época subían en busca de hielo a los ventisqueros de los volcanes. Cortaban los bloques de hielo con sierras, los envolvían muy bien en zacate que cortaban ahí mismo, lo cargaban en sus mulas y bajaban para depositarlo en el tren que lo llevaba a la Ciudad de México, donde casi no había fábricas de hielo.
Siempre, desde muy joven, me fascinó la vida al aire libre. Me encantaba caminar, excursionar y acampar. En aquellos días era subsecretario de Educación Moisés Sáenz, y organizó las tribus de exploradores de México. Eran como una versión nacional o nacionalista de los boy scouts. Las jerarquías se nombraban en náhuatl. En vez de lobatos, por ejemplo, había tequiuas, tlacatécatl, etc. Y a los grupos no se les llamaba tropas o manadas sino tribus. Yo llegué a formar una tribu de 18 jóvenes, y la bauticé Tutul Xiu. Parece que tenía yo cierta premonición de que terminaría viviendo en estas tierras del Mayab. Casi cada semana nos íbamos, si no a acampar, por lo menos de excursión durante un día. Unas veces al Popo y al Izta, otras veces al Desierto de los Leones. Tomábamos el trenecito eléctrico de La Venta, y al llegar, caminábamos por el bosque. Eso era muy bueno para el basquetbol, porque nos fortalecía las piernas.
Me gustaba tanto caminar que un día, con los miembros de mi equipo de basquetbol, nos aventamos la puntada de ir a pie de México a Puebla. Resulta que nos invitaron a un encuentro amistoso con el equipo del Colegio Metodista, y la invitación incluía dinero para los boletos de autobús. Pero decidimos ahorrarnos ese dinero para gastarlo en algo mejor y nos echamos el viaje a pie. Tardamos casi dos días, y llegamos bien cansados… pero ganamos.
Mascarones en Los Ángeles
El equipo en que yo jugaba se llamaba Mascarones Universidad, por el viejo edificio universitario de Mascarones, en la calle de Ribera de San Cosme, y porque todos los jugadores éramos estudiantes. Pero la UNAM no nos daba nada. Era rector entonces el talentoso y bondadosísimo licenciado Don Ignacio García Téllez, y en los partidos lo veíamos echándonos porras. Pero de lana, nada; y es que la universidad no la tenía. No había ni para comprarnos camisetas. Teníamos que pagarlas nosotros, igual que los pantalones y las conchas para proteger los testículos, que casi ningún equipo utilizaba. Y como nosotros si estábamos protegidos, pues ya se imaginarán lo que hacíamos a los contrarios cuando jugaban rudo.
Un día, nos presentamos con Portes Gil, ya expresidente dela República, que daba la cátedra de Derecho Agrario en la Escuela de Leyes, le dijimos que teníamos un equipo de la escuela y le pedimos que nos regalara el vestuario. Para nuestra sorpresa, ordenó al proveedor del Partido Nacional Revolucionario, del que era presidente, que lo comprara. Fueron 20 uniformes, 20 pares de zapatos y 20 conchas, porque en realidad estábamos pidiendo para nosotros y para el verdadero equipo de Leyes. Aquello era un dineral: zapatos de a seis pesos y conchas de a veinte. Al proveedor eso de las conchas le pareció una extravagancia. Zapatos para proteger los pies, estaba muy bien. ¿Pero quién gastaba veinte pesos en protegerse ahí? Nadie; sólo nosotros. Por eso podíamos dar codazos impunemente.
Por tres años consecutivos Mascarones Universidad fue campeón nacional, y un día decidimos que ya hora de gira internacional. Hicimos los arreglos para disputar una serie cinco partidos en Los Ángeles y nos fuimos a ver a otro expresidente, Plutarco Elías Calles, todavía hombre fuerte de México, para pedirle una recomendación y conseguir pases de ferrocarril a Nogales, que era hasta donde entonces llegaba la línea, pues todavía no se construía el ferrocarril Sonora-Baja california, a Mexicali y Tijuana.
Nos fuimos primero de México a Guadalajara y de ahí a Nogales en le Sudpacífico, luego Ferrocarril del Pacífico, al que entonces llamaban el Sudpaciente, porque se necesitaba toda la paciencia del mundo para viajar en él. Nunca se sabía a qué hora llegaría o siquiera si llegaría. Fue un viaje de tres días, con un calor infernal. A partir de Nogales, nos tomó bajo su protección Abelardo Rodríguez, quien poco después sería presidente provisional de la República. En esa época era sólo el hombre fuerte del territorio de Baja California Norte, donde había sido gobernador de 1929 a 1932 y tenía negocios y gran influencia política. Nos llevó hasta Tijuana para de ahí cruzar a Los Ángeles. Pero mientras tanto nos hospedó y atendió magníficamente. Hasta nos dio modo de entrar al Casino de Aguacaliente, donde teníamos comida y bebida.
…y en la cárcel de Belén
Finalmente, muy a nuestro pesar, tuvimos que dejar el casino y nos fuimos a jugar a Los Ángeles. Falsamente nos presentábamos como Universidad de México, y nos enfrentamos a una universidad del sur de California. Grande fue nuestra sorpresa cuando vimos el lugar atestado de gente. Toda la mexicanada se había dejado venir a vernos jugar, porque esperaban que nos comiéramos vivos a los gringos. No la hicimos tan mal, pues perdimos tres juegos pero ganamos dos, y así terminó nuestra primera y única gira internacional.
También disputamos encuentros contra equipos bastante especiales: los de los presos de la famosa cárcel de Belén en la Ciudad de México.
Resulta que mi papá, que andaba siempre tratando de mejorar la educación y metiendo innovaciones por ahí y por allá, convenció al gobernador del Distrito Federal, un señor Ross, sonorense, de que para ayudar a rehabilitar a los delincuentes era necesario alfabetizarlos y educarlos, y logró que abriera escuelas en la cárcel de Belén y en la penitenciaría.
Mi tía María la güera, “Mamima” como le decíamos, maestra, fue a dar clases en la peni, donde fue muy querida por los presos debido a su bondad. A mí me tocó colaborar en el aspecto deportivo. Iba a jugar basquetbol a Belén. Era un regocijo para ellos. Nunca hubo nada desagradable, aunque decían que nos iban a matar o asaltar. Ahí se me grabó el olor del hombre. Qué desagradable. Era un olor concentrado, horrible, que se impregna hasta en las paredes. Para toda la vida se me grabó. En la penitenciaria era menos fuerte, porque había menos gente. Pero Belén —donde está hora el centro escolar Revolucionario, frente a la estación Balderas del Metro— era la cárcel preventiva. Ahí metían a todo el que caía, por vía de mientras en tanto se le juzgaba, y también se encarcelaba a la gente por faltas administrativas, durante unos días, así que había un hacinamiento tremendo y un hedor increíble. Jugábamos en el patio una o dos horas, y adiós. No nos bañamos ahí, sino que íbamos a la YMCA, que estaba ahí cerca, en la calle de Balderas, donde luego estuvo el diario Novedades. En la YMCA también practicaba la natación, y llegué a ser bastante buen nadador.
El periodo más grato
Ya de abogado, tampoco dejé la docencia. Seguí dando clases en el Colegio Franco Español de Paseo de la Reforma. Luego, en el Instituto Motolinía, a muchachitas casi de mi edad. También di clases de civismo en una escuela para adultos de la calle de Regina. Ahí era al revés: los alumnos eran más viejos que yo.
Pero no siempre eran clases pagadas. Un día, recién salido de la escuela de Leyes, me llamó el maestro Ismael Rodríguez, director de la Escuela Normal de Maestros, y me dijo: “Mira, por tu espíritu revolucionario, vas a dar clase a un grupo de gente adulta que no tiene modo de perfeccionarse. Voy a iniciar aquí en la Normal un curso para viejos maestros que no están titulados. Así podrán ponerse al corriente en sus estudios, sacar su título y tener mejor sueldo”.
Así nació esa escuela de perfeccionamiento de maestros, que después fue el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio. Ahí fue dar después un discípulo de mi papá, muy querido, Victor Gallo. Ahí hice mi escoleta.
Me dieron la clase de Historia de la Cultura. Los sábados a las 3 de la tarde, recién casado, y además, gratis, porque lo que no me dijo Don Ismael es que no me iban a pagar. Yo era el más joven del grupo.
Ya en tiempos de Don Lázaro fui maestro en la Preparatoria Obrera que el propio Cárdenas estableció en Coyoacán, en un antiguo templo presbiteriano.
El periodo más importante y grato de mi época de maestro fue precisamente en esa escuela, porque los alumnos eran adultos responsables, interesados en lo que hacían, deseosos de estudiar y muy brillantes. Eran dirigentes obreros, populares y campesinos a quienes Cárdenas becó para estudiar y que cuando volvieran a sus comunidades, agrupaciones o sindicatos tuvieran mejor preparación y cultura. Ahí tuve entre mis alumnos agente que después destacaría mucho en la política, como Héctor Mayagoitia, que fue director de Conacyt, subsecretario de Educación y gobernador de Durango. Llegué a hacer una gran amistad con él. Cuando fue subsecretario me lo traje a Isla Mujeres, y luego asistí a la toma de posesión de la gubernatura. En la Preparatoria Obrera conocí también, como maestro y secretario de la escuela, a José González Beytia, que sería gobernador de Yucatán. Yo daba Introducción a los Principios Económicos, y tuve un montón de alumnos, algunos de ellos muy inteligentes que decían que yo no les interesaba como maestro sino como campeón de basquetbol. A la mayoría de ellos seguí viéndolos toda la vida. Fue gente que destacó mucho en la política, la economía, el periodismo, la administración pública y otras actividades.
En la Preparatoria Obrera di clases durante un año y medio. Me sentía verdaderamente a gusto, y ahí habría continuado, pero entré al Partido Nacional Revolucionario, que después, en tiempos de Cárdenas, se transformaría en Partido de la Revolución Mexicana y más adelante, en el gobierno de Don Miguel Alemán, en Partido Revolucionario Institucional. En el partido tenía yo demasiado trabajo, y mis responsabilidades políticas ya no me dejaron tiempo para seguir siendo maestro.
Así se cerró mi etapa de estudiante y maestro y comenzó la de funcionario político y público. Pero entre que salí de la Universidad y entré de lleno a la política —así entré, de lleno, sin ensayos ni titubeos— ocurrieron algunas cosas importantes.