Hoy día, irse cada año a orillas del mar en Quintana Roo es un lujo. En 1953 era una locura; o al menos una excentricidad. Aquella semidespoblada región, tierra de destierro en la época porfirista, era una especie de zona de castigo para burócratas, por su lejanía, su aislamiento y — sobre todo— la escasez o la falta absoluta de aquellos elementos sin los cuales no se concibe la vida moderna, incluidos electricidad, teléfonos, hospitales y hasta agua potable. Pero José de Jesús Lima, con esposa e hijos, tres veces cada año abandonaba la comodidad de su casa en la moderna Cuernavaca —a tiro de piedra de la Ciudad de México— y se iba a vivir una temporada en lo que entonces era un pueblecillo de pescadores de langosta y tortugas: Isla Mujeres.
De Isla Mujeres me enamoré a primera vista, desde el aire, y el romance se prolongó por muchos, pero muchos años antes de que me casara con ella. Es decir, antes de que me mudara a vivir ahí permanentemente.
En mis viajes por avión de Mérida a Cozumel, volábamos siguiendo ciertos puntos de referencia: primero hacia Valladolid, de ahí a la Isla Mujeres, donde no se bajaba porque la pista era muy pequeña para nuestro aparato, y luego hacia el sur por todo ese litoral maravilloso hasta Cozumel, con su gran aeropuerto.
La primera vez que hice ese recorrido y vi la isla, toda verde, orlada de blanco con sus playas de arena finísima, entre aquellas aguas que formaban franjas de muchos tonos verdes y azules, sentí toda su belleza y su encanto, y me dije que ahí tenía que irme a vivir. No para retirarme en santa paz ya viejo y cansado, sino todavía joven y activo, para disfrutar, aunque fuera por temporadas, de ese bellísimo mar, del buceo y la navegación.
Porque han de saber ustedes que tengo alma de marino. En alguna ocasión, como cuenta mi hijo Esteban en otra parte, nos trajimos un yate de Acapulco a Isla Mujeres por el Canal de Panamá.

Así que para gozar del Caribe y pasear a los numerosos amigos y políticos que sabían de mis locuras y me visitaban, mandé hacer en Belice un balandro de 36 pies, motovelero, el Chac, en el que pasearon el Presidente López Mateos e infinidad de “descubridores” de Isla Mujeres, de la que nunca habían oído. El Caribe mexicano era totalmente desconocido en el centro del país, e incluso dentro del aparato central del poder político.
Cuando contaba a mis amigos el plan de vivir en Isla Mujeres, les parecía interesante y divertido. Pero cuando construí una casa ahí pensaron que estaba loco. Y cuando hice la casa en Cancún, que entonces era una isla desierta, no me metieron al manicomio porque quedaba demasiado lejos.
“Si tanto te gusta el mar y si quieres vivir en una isla del Caribe —me decían— ¿por qué no te vas a Cozumel?”
Aquello parecía más sensato, pues en Cozumel había un buen aeropuerto y más comodidades. No estaba uno tan aislado ni se vivía con tantas limitaciones. Además, yo tenía ahí una casa en la playa de San Juan.
La gran familia cozumeleña
Pero vamos a echarnos un poco hacia atrás en el tiempo para explicar, cómo y por qué me relacioné tanto con el Caribe y por qué terminé siendo isleño.
Durante mi primera estancia en Yucatán, comisionado por el PRM (Partido de la Revolución Mexicana, luego PRI) en 1944, mi amigo Margarito Ramírez, quien había sido gobernador de nuestro estado, Jalisco, de 1927 a 1929, y acababa de ser designado gobernador de Quintana Roo —cargo en el que permaneció 14 años—, me invitó a conocer el territorio y me mandó un avión Anso Avro bimotor con el que recorrí toda la costa y parte del interior y bajé en todos los lugares donde era posible aterrizar. Fue en ese primer viaje que caí prendado de Isla Mujeres.
También, en ese primer viaje me di cuenta de que en Quintana Roo había mucha gente valiosa, que en medio de grandes privaciones y dificultades trabajada empeñosamente y estaba haciendo un gran esfuerzo por desarrollar la región.
Por ejemplo, los Coldwell, que eran los ricos de Cozumel, y los Joaquín, que apenas estaban comenzando a hacer fortuna. Eran comerciantes muy industriosos, listos y agradables.
El cabeza de la familia, Don Pedro Joaquín, había llegado como buhonero a Carrillo Puerto vendiendo ropa. Le cayó bien al famoso general May, el cacique maya, quien le compraba de todo, y finalmente se estableció en Cozumel.
Adquirió una casa donde toda la familia Joaquín vivía modestamente, dedicada a sacar adelante sus pequeñas empresas.
Su hijo Nassim, inteligente, muy despierto, visionario y con sentido de los negocios, percibió que el futuro de la región era el turismo y, en una época en que a Cozumel solo llegaban agentes de ventas, comerciantes, burócratas y uno que otro cura o misionero, pidió al gobierno que le rentara el Hotel Playa, muy deteriorado por años de descuido, y lo reparó y acondicionó para turismo.
Después, no se sentó a esperar que llegaran clientes, sino él mismo se dedicó a promover el turismo. En el Playa se alojaron huéspedes tan distinguidos como el propio Presidente López Mateos. Nassim tuvo el talento de asociarse con mucha gente y con empresas como Banamex y Mexicana de Aviación, de la que era representante en Cozumel, y con ayuda de sus hermanos y toda la familia, llegó a ser razonablemente rico.
Después de esa primera visita, seguí viajando cada vez con mayor frecuencia a Quinta Roo por asuntos relacionados con las madereras, y cultivando la amistad de tanta gente extraordinaria que había conocido. Así me hice amigo de todos los cozumeleños, que entonces eran como una gran familia en la que todo mundo conocía la vida y milagros de los demás.
Dueño de la playa más hermosa
Realmente, aquellos eran tiempos muy diferentes, que poca gente puede ahora siquiera imaginar. No había una sola carretera que llegara a la costa y apenas unos cuantos barcos: uno de los Coldwell; otro el Fidelia, de los Joaquín; El Bacalar, grande, que llevaba madera a Nueva Orleans, el Juanita, de cabotaje, y algunos barquitos.
Los únicos que se interesaban por el mar eran los isleños de Isla Mujeres y Cozumel, por razones evidentes.
Los mayas vivían en sus pueblos de la selva y no se metían al mar; por su parte, la gente de mar no entraba a la selva. Y los terrenos de costa no interesaban gran cosa a nadie, hasta que se comenzó a desarrollar el cultivo del cocotero, para obtener copra que servía para fabricar aceite.
Pero aun así, lo que Fonatur pagó por los terrenos de playa en Cancún fue ridículo, pues la gente no les daba mucho valor.
A Quintana Roo lo llegué a querer tanto o más que a Yucatán, y no perdía oportunidad de hacer algo para ayudar a su desarrollo.
Una vez que (el gobernador de Yucatán originario de Valladolid Ernesto) Novelo Torres me invitó a uno de sus informes de gobierno, le pedí autorización para llevar (desde el D.F.) un grupo de diputados, y ya en Mérida, previos arreglos con Margarito Ramírez, que puso un avión a nuestra disposición, les organicé un recorrido por Quintana Roo.
En ese viaje me acompañó Manuel Moreno Sánchez, que fue después líder del senado y fuerte aspirante a la presidencia de la Republica; el coronel Rubén Vizcarra Campos, de Colima; Rafael de Regil, Federico Sánchez, del Estado México, y otros, sin faltar naturalmente el diputado federal y líder del Partido Socialista del Sureste, Álvaro Vivas Marfil, que era indispensable en este tipo de viajes por su gran conocimiento de la región.
Visitamos Isla Mujeres, luego Cozumel, y a Carrillo Puerto llegamos ya casi de noche, de modo que tuvimos que pernoctar.
Era delegado de gobierno un oficial de aviación, el coronel Escontría Salín, muy simpático, masón hasta el tuétano, que había convertido en logia el antiguo templo católico del pueblo. Ahí dormimos, o medio dormimos, porque Moreno Sánchez roncaba, resoplaba, se levantaba dormido, vociferaba, maldecía, volvía a acostarse y nadie sabía si estaba dormido, despierto o sonámbulo.
El único que dormía como tronco era Vizcarra Campos, y a Vivas Marfil se le ocurrió jugarle una broma: consiguió cuatro velas, las puso en las esquinas de su catre y comenzó a orar en maya.
Pronto corrió la voz de que había muerto uno de los diputados y se juntó un grupo de gente para acompañar a Vivas Marfil en sus rezos.

Con el movimiento y las voces, Vizcarra despertó y había que ver el corredero de gente espantada porque había resucitado el muerto.
Pues bien, en mis andanzas por Cozumel conocí la playa de San Juan, me fascinó y decidí comprarla. Indagué de quién era, supe que el propietario era un vecino a quien decían El Chato Delgado, le propuse el trato y me la vendió… en 800 pesos.
Creo que se fue con remordimiento de conciencia pensando que me había estafado al venderme aquel arenal a ese precio exorbitante.
Así me convertí en el dueño de la playa más hermosa de Cozumel, y creo que supe sacarle provecho. Años después, ya siendo socio de las madereras, se construyó ahí una casa de visitas muy hermosa, acogedora; de triplay marino, por supuesto.
Era el alojamiento obligatorio para funcionarios, políticos, empresarios y demás visitantes de alto rango, y a todos les fascinaba. Ahí se alojó, entre otros, el propio licenciado Alemán durante una gira presidencial.
Por supuesto, no sólo el Chato Delgado, sino mucha otra gente pensó que estaba yo totalmente deschavetado y que había tirado mi dinero a la basura al comprar la playa de San Juan.
(El empresario maderero Alredo) Medina Vidiella (fundador de la Colonia Yucatán) recibió también muchas críticas en el consejo de administración de las madereras por haber construido la casa.

Pero pienso que fue un gran acierto, porque ayudaba a la política de relaciones públicas de la empresa. Todo el que se hospedaba ahí salía feliz de la vida. Sobre todo porque como complemento de la casa las madereras tenían también un yatecito, el Carmen II, que servía para pasear a los invitados.
Finalmente (el navío) hubo que venderlo cuando se agudizaron los problemas económicos de las compañías y terminó embarrancado en Honduras. También hubo que vender la casa. Fue a parar a manos de Fernando Barbachano padre, precursor del turismo.
Tenían también las madereras dos aviones, un Anso Avro y un DC3. Servían para moverse fácilmente por toda la región, que era algo así como el fin del mundo y donde para los viajes no había más que tres posibilidades: varios días en un barquito aguantando el mareo, varios días a lomo de mula por las veredas de la selva, o un par de horas en aeroplano. El Anso Avro se usaba sobre todo para mover personal directivo y a los invitados, y el DC3 para transportar triplay.
En Cozumel comandaba la base aérea militar un simpático militar, el capitán Fullon, quien en un biplano de la Primera Guerra Mundial hacía acrobacias que deleitaban a todo el pueblito y en algunas ocasiones me llegó a prestar un avión de guerra para llevar a mi esposa Rebeca y a mis hijos a Mérida.
También de esas memorias de Cozumel no puedo dejar de mencionar que las veladas eran una verdadera maravilla. Ahí tuve el gusto de conocer al gran compositor campechano Emilio Pacheco, cuya canción más conocida fue “Presentimiento”, que cantaba Guty Cárdenas y a quien se le atribuye. Don Emilio nos permitió grabarlo y tenemos Rebeca y yo unas cintas hermosísimas con canciones que casi nada más nosotros cantamos porque las aprendimos.
Alergia a las multitudes
Pues bien, volvamos a las razones por las que me avecindé en Isla Mujeres. Siempre he sido alérgico a los grandes grupos humanos. No me gusta vivir donde hay mucha gente. Por eso no acepté la oferta de mi buen amigo Vicente Erosa, quien al saber que planeaba, como se dice en Yucatán, “radicar” en Isla Mujeres, insistía en regalarme un terreno en Progreso, a orillas del mar.
Por ese rechazo a los lugares excesivamente poblados tampoco me quedé en Cozumel, aunque tenía una playa hermosísima. Para mi gusto, había demasiada gente. Y aclaro que en ese entonces tendría unos cuatro mil habitantes.
Mucho menos quise vivir en Mérida. Ni siquiera me pasó la idea por la mente, a pesar de que la ciudad y su ambiente me gustan mucho y tenía muchísimos amigos muy queridos, como Chapa Medina, Julio Patrón, Juan Duch Colell y Juan Macari, por citar sólo algunos.
Por esa misma razón, por mi rechazo a las multitudes, la primera casa que tuvimos en mi vida —que me costó veinte mil pesos, pagados en parte con el producto de la venta de una casa que heredó Doña Rebeca en Guadalajara, en parte con un préstamo de Pensiones y en parte otro del Banco de Cedulas Hipotecarias— la construí en Lomas de Barrilaco, que era un fraccionamiento nuevo, casi despoblado y muy tranquilo.
Y cuando aquello comenzó a llenarse de gente, me mudé a Cuernavaca. Aunque trabajaba en la Ciudad de México, todos los días salía en automóvil a las 6.30 de la mañana, y en una hora ya estaba en mis oficinas de Plaza de la República, frente al Monumento a la Revolución. Claro que no había el transito infernal que hay ahora. A las tres de la tarde salía de trabajar y a las cuatro ya estaba de vuelta en Cuernavaca para comer con la familia.
Esa alergia a las multitudes era también lo que de muchacho me hacía irme de excursión los fines de semana. Buscaba yo el aislamiento, la soledad y la tranquilidad del campo. Me dediqué al montañismo para salirme de la ciudad y porque a las montañas casi nadie sube. También me dediqué al basquetbol para salir de esa atmósfera opresiva de la Ciudad de México.
Para vivir, buscaba lugares pequeños, poco poblados y que no corrieran peligro de crecer mucho, aunque en el caso de Isla Mujeres me equivoqué en ese aspecto, incluso estuve a punto de comprar una preciosa casita en La Antigua, Veracruz, al lado de la casa de Cortés.
Un pueblecito encantador
Por eso me instalé tan a gusto en Isla Mujeres, que solo tenía la mitad de habitantes que Cozumel. Tantito más y nos hacemos la casa en Holbox, donde también había comprado una playa casi regalada, pero los mosquitos y los chaquistes no me dejaron vivir y me echaron del pueblo a aguijonazos. Entonces vi que no exageran en Mérida cuando dicen que si ven a alguien que va por la calle dándose palmadas en el cuerpo saben que es holboxeño.
En 1952, al terminar el período presidencial del licenciado Alemán, renuncié a la subdirección general de Pensiones, como se acostumbra en esos casos. Renuncié también a todo lo habido y por haber en materia política y me preparé para hacer realidad mi sueño. Mi situación económica era bastante desahogada.
Ganaba muy bien como consejero de las madereras, y tenía otros negocios que no necesitaban de mi presencia constante. Podía atenderlos a la distancia, o viajar de tiempo en tiempo a la Ciudad de México para ver cómo marchaban y resolver problemas.
En 1953 ya estaba en Isla Mujeres. Compré dos terrenos en los que construimos dos cabañas, la verde y la amarilla, y la que llamamos La Casa Grande, de palapa y dos recámaras, que fue la primera que tuvimos.
Luego, en un islotito rocoso totalmente rodeado de agua en la Punta Norte de la isla, cerca del hotel Zacil-Há, levantamos en 1970 La Casa de las Rocas, donde actualmente vivimos.

Es también de palapa, según los principios de las casas mayas. Me la diseñó el arquitecto Eduardo Juanes Peón.
La isla, como decía, era bellísima, llena de árboles y cocoteros, con playitas solitarias. Y el pueblito, encantador, con su molino de nixtamal, sus casas de madera y techo de paja o lámina de zinc, tiendita de abarrotes, botecitos de pescadores que todavía navegaban a la vela, paletería para los niños y, para los adultos, la cantina, el Bar Pancholo, que todavía proclama orgullosamente haber sido fundado en 1923.
La llegada de un barco era toda una novedad y medio pueblo se reunía en el muelle.
Pero en cuanto a lo que llamamos comodidades de la vida moderna, que después de todo son necesarias, prácticamente no había nada.
La única electricidad provenía de una plantita de la Zona Naval que funcionaba una hora, de 8 a 9 de la noche, y daba luz a unas pocas calles.
Había una pistita de mil metros donde con mucho trabajo podía aterrizar un avión de cuatro plazas. ¿Barcos? Cada eternidad venía uno de Cozumel, y cada dos o tres eternidades uno de Progreso.
Nuestra salida era Cozumel. Por la selva no se iba a ninguna parte. No había comunicación alguna, más que por recua cortando monte hasta Valladolid. Y si había mal tiempo, ahí nos quedábamos, encerrados en la isla, dos, tres, cuatro días, y hasta una semana, pues no podía volar, ni mucho menos navegar.
Por las noches, Aladino
Naturalmente, necesitábamos tener todos los satisfactores. No se trataba de venir a padecer incomodidades y penurias ni de llevar vida de anacoreta.
Tampoco quería hacer sufrir a Doña Rebeca ni a mis hijos. Traté de que tuviéramos el máximo posible de comodidades.
En la Casa Grande, que era de paja, espaciosa, fresca y muy cómoda, con un amplio corredor para colgar hamacas, instalé una cocina completamente equipada, puse un techo especial para captar agua de lluvia, un gran aljibe para contar con reservas suficientes durante todo el año, perforé un pozo para abastecer los baños y lavaderos, instalé bombitas de pistón para los sistemas hidráulicos y me traje de Belice un excelente refrigerador marca Electrolux que quemaba petróleo azul —o gas morado como le llaman los yucatecos— y enfriaba maravillosamente bien.
Me traje también una planta eléctrica de 15 kilowatts que le compré a Don Joaquín Roche, el de las salineras de Yucatán. Con eso tenía yo para cubrir las necesidades de la casa y hasta para dar alumbrado público a cuatro manzanas de la zona norte de la isla, desde la puesta del sol hasta las once de la noche.
La electricidad era un pequeño lujo. El refrigerador, como decía, era de gas, y para la iluminación después de las once de la noche usábamos lámparas Aladino, de gasolina. Era más barato y menos problemático.
También la plantita eléctrica servía para cargar, con unas compresoras Solingen, mis tanques de buceo. Ese era otro de mis vicios y me hubiera costado una fortuna tener que mandarlos hasta Progreso para llenarlos.
Para las comunicaciones usaba mi propio equipo de radio, enlazados con los de las madereras, que tenía aparatos no sólo en la Colonia Yucatán sino también en Mérida y México.
También había radio de los ganaderos de Quintana Roo y del oriente de Yucatán, y como todos transmitíamos en la misma frecuencia, escuchábamos todos los chismes y nos dábamos los recados.
Si teníamos un mensaje urgente, comenzábamos a hablar hasta que nos contestaba alguien que tuviera acceso a un teléfono, le pasábamos el mensaje y le pedíamos que hiciera las llamadas. Después nos avisaba cuanto había costado y en la primera oportunidad se las pagábamos.
Amistades radiofónicas
Entre los ganaderos con los que frecuentemente conversábamos por radio recuerdo a los tres hermanos González, que tenían un buen equipo en su rancho de Tankah. No tardé mucho en visitarlos, y entre otras cosas me mostraron el libro de visitantes de Tulum en el que la primera firma es la de Don Lázaro, que se echó la travesía de Cozumel a Tulum y bajó en la minipista de aterrizaje que había entonces ahí.
Los González lo atendieron en aquella ocasión, y en agradecimiento les regaló unos sementales Cebú para que mejoraran su ganado.
Don Lázaro, por cierto, fue el primer presidente que visitó Quintana Roo. Y lo hizo primero durante su campaña electoral y después ya como primer mandatario. Estuvo aquí en Isla mujeres y en muchos otros sitios.

En algunos lugares, como punta Herrero, se echó un clavado desde el barco y llegó a la orilla nadando, porque no había muelle. Posteriormente, ya como expresidente, vino varias veces y tuve el honor de que siempre se hospedara en mi casa. Era hombre de gran sensibilidad y perspicacia. Se interesaba hasta por los menores detalles; quería saber todo. Era también muy sencillo y amable. Durante sus estancias por la isla andaba por las calles como cualquier hijo de vecino; se sentaba en una banca del parque y conversaba con todo el que quisiera hacerlo.
Yo también cultivé la amistad de los González y disfruté de sus atenciones y gentilezas en Tankah, que era donde se pernoctaba al visitar Tulum, porque en la zona arqueológica no había alojamiento. A Tankah cruzaba yo desde Cozumel en barco. Era una pequeña odisea, por el riesgo de que lo agarrara a uno el mal tiempo, que por lo menos lo dejaba varado en Tankah.
El Isla Mujeres de 1953 era un sueño: calles de arena, dos automóviles, unos pocos turistas, barquitos para el negocio de la pesca y las tortugas, y una tranquilidad increíble.
Había un sólo policía, Goyito, ya de edad avanzada, pero todos lo respetaban y su trabajo casi se limitaba a tranquilizar borrachos.
La langosta se conseguía a precios de regalo, y los grandes caracoles chacpel servían de bebedero para las gallinas. Nunca pude imaginar lo que le sucedería a Isla Mujeres. Aunque yo sabía que habría un gran desarrollo turístico en el Caribe, no alcancé a prever ese crecimiento desorbitado, fenomenal que ha tenido.
Aún después de la creación de Cancún, parecía que Isla mujeres seguía siendo un pueblo pequeño, dependiente de Cancún y alimentado por él. Algo así como el paseo de los cancunenses.
Pero creció de forma impresionante, con una tremenda inmigración. De los tiempos en que construí el Zazil-há, primer hotel de lujo en el entonces Quintara Roo, afiliado a la cadena Balsa Sheraton, a la fecha, la población se ha triplicado, y ya andamos por encima de trece mil habitantes, lo cual es una barbaridad para una islita de ese tamaño.
Habitante de una isla desierta
Pero ya desde hace muchos años, aunque cada que tenía algún tiempo libre nos íbamos a pasarlo muy a gusto en Isla Mujeres, quería tener un poco más de soledad, así que decidí hacer una casa en una isla desierta, o casi desierta, porque ahí no vivían más que cuatro familias.
Esa isla era Cancún, entonces un enorme cocal. Ahí compré un terreno con kilómetro y medio de una playa hermosísima, y sobre una loma de arena donde no había más que hierbas, arbustos, frente a las playas donde llegaban a desovar las tortugas, me construí una casa a mi gusto. Era de concreto, con techos de paja.
Tenía grandes aljibes para agua de lluvia, pozo y bombas de gasolina. Todos los materiales hubo que llevarlos desde Isla Mujeres. El acceso era por la laguna; la ría de Nichupté, como se llamaba entonces.
Desde isla mujeres cruzábamos hasta la boca donde se encuentra ahora el muelle de Playa Linda, y por ahí entrábamos a la ría. Eso era más cómodo y seguro que acercarse directamente por mar, debido al oleaje, que revienta con mucha fuerza. Pero en la laguna había que cuidarse de los bajos para no encallar.
La casa de Cancún era mi orgullo. Ahí llevaba a mis amigos y las personas que debía atender por razones de negocios o de relaciones públicas debido a mi trabajo en el Consejo Nacional de Turismo.
No sólo quería yo que compartieran conmigo el placer de pasar uno o dos días en ese lugar extraordinario, casi virgen, sino que también aprovechaba la oportunidad para meterles en la cabeza las maravillas del Caribe mexicano. Creo que un día o al menos unas horas en ese lugar bastaban para deslumbrar a cualquiera.
Cuando se vino el desarrollo de Cancún se acabó la soledad y le vendí la casa a Fonatur, que durante muchos años la utilizó como casa de visitas para huéspedes distinguidos.

Fue lo que se conoció como Casa Maya; aunque, claro, ampliada y modificada para cumplir su función de acoger a personas tan importantes como el mariscal Tito de Yugoslavia y el Sha de Irán, amén de todo el mundo político de México que, repito, descubría un mar que nadie conocía. Finalmente, el crecimiento de la zona hotelera se la tragó y Fonatur decidió venderla como terreno para construir hoteles.
Pero la Casa Maya se salvó. Era presidente municipal de Cancún el ingeniero Rafael Lara, persona amabilísima, quien junto con Armando Millet, yucateco amigo nuestro desde su padre, tuvieron la idea de desarmar mi casa palo a palo y llevarla a instalar en el Parque Ecológico Kabah, donde funciona como un pequeño museo sobre la historia del nacimiento de Cancún. Fue a inaugurarla el entonces gobernador Mario Villanueva.
Yo siempre agradecí este gesto, porque bien pudieron haberla destruido.