Tres hombres en traje de baño conversan sentados en la playa de San Francisco en Cozumel mientras las suaves olas alcanzan a mojarles las piernas. La escena no tendría nada de particular excepto por el discreto cerco de protección que hombres armados, vestidos de civil, mantienen a prudente distancia. De los tres, uno es el entonces presidente de la República, Adolfo López Mateos; otro su sucesor —aunque en ese momento nadie, ni él mismo, aunque trabajan en pos de esa meta, sabe aún que será— y por lo pronto ocupa la Secretaría de Gobernación; es Gustavo Díaz Ordaz. El tercero, José de Jesús Lima. Ahí, a pleno sol, en absoluta informalidad, entre bromas y una charla amistosa comenzó a materializarse —como tantas cosas que ha hecho Lima— el proyecto del primer gran hotel del Caribe mexicano: el Zazil-Há, que todavía sólidamente en pie constituye un punto prominente del paisaje urbano de Isla Mujeres. (Introducción de Juan José Morales al capítulo 13 del libro "Forjador de Isla Mujeres", del Lic. Lima).
El plan de construir un hotel de calidad turística me había estado revoloteando por la mente bastante tiempo. Sabía que mientras no hubiera en Quintana Roo hospedaje de alta categoría, no sería posible atraer visitantes de alta capacidad económica. La gente de dinero no se conforma con un hotelito familiar, o de tres estrellas, excepto que ande en plan de aventura. Y no sólo yo tenía esa inquietud; la compartían muchos funcionarios públicos, que ya vislumbraban al turismo como el gran impulsor del desarrollo económico de la región. Así, un buen día el gobernador del territorio, Aarón Merino Fernández (1959-1964), me soltó a bocajarro una pregunta:
—Amigo Lima, ¿Por qué no hacemos un hotel?
—¿Hacemos? ¿Qué? ¿Socios?
—No; usted, mi gran Lima.
¿Por qué no?, me puse a pensar. Ya se hablaba de pavimentar la carretera de Valladolid a Puerto Juárez, que hasta entonces era solamente revestida. La pequeña pista aérea de Isla Mujeres, de mil metros y adecuada para aviones ligeros, ya había sido mejorada por gestiones ante mi amigo el Secretario de Comunicaciones, Carlos Lazo, y existía la posibilidad —o más bien la esperanza— de que se pavimentara ese embrión de aeropuerto y se ampliara hasta mil 500 metros. De ser así, podrían aterrizar aeroplanos comerciales de gran tamaño. Al haber buena comunicación terrestre y aérea, podría llegar algo más que turismo de aventuras, y esos visitantes demandaría servicios de alto nivel.
De haber sabido en lo que me metía, quizá no me hubiera entusiasmado tanto. Tal vez hasta habría desistido del proyecto. Pero lo más probable es que de todas maneras siguiera adelante, porque tengo una extraña propensión a hacer locuras. Además, no me asustan las dificultades ni los fracasos.
Estrategia aérea y naval
El primer problema era el dinero. Ni por asomo me ajustaba para hacer un hotel, mucho menos como el que tenía en mente; porque quería hacer las cosas en grande. En hotelería lo pequeño no funciona. Pero nunca tuve dinero amontonado como para una obra de ese tamaño. Pensando, me dije: el dinero me lo puede prestar Fogatur, el Fondo de Garantía y Fomento al Turismo. ¿Cómo? Por orden del Presidente. Es la única manera.
Así que comencé a preparar mi estrategia. El presidente López Mateos (1958-1964) haría una gira a Cozumel y lo acompañaría su Secretario de Gobernación, el licenciado Díaz Ordaz. Con los dos llevaba yo muy buenas relaciones. Con López Mateos por la cuestión del deporte, y con Díaz Ordaz desde que fuimos diputados federales en la misma legislatura. Me puse de acuerdo con él para vernos en Cozumel, y hacia allá me fui en avioncito. También mandé mi yate, el Chac, para transportar a Doña Eva —la esposa de López Mateos—, y su hija Avecita, a la playa de San Francisco, donde se ofrecería una comida.
Aquello era un mundo de gente, pero me las arreglé para estar en el lugar y el momento precisos para subir a la lancha en que irían López Mateos y Díaz Ordaz, aunque yo ni siquiera estaba invitado a la comida. Ante la forma en que ellos me recibieron, nadie se atrevió a decirme que me bajara, y así nos fuimos muy quitados de la pena. Yo también previsoramente llevaba trajes de baño para ellos y visores de buceo. No fue difícil convencerlos de meterse al agua, y como nunca habían buceado, quedaron maravillados con un arbolito de mar y unos pececitos de colores. Por cierto, la gente del Estado Mayor Presidencial andaba preocupadísima al ver a López Mateos sumergiéndose. Lo cuidaban mucho, pues ya le habían detectado un aneurisma cerebral que finalmente lo mató.
A los dos les fascinó tanto ver ese poquito de mar, que López Mateos aseguró que al dejar la Presidencia se haría una casa en Cozumel. Y lo cumplió, aunque el terreno que le regalaron para ello resultó inadecuado, porque era un akalché, o sea un bajo inundable. El gobernador Merino le regaló también una embarcación, La Avecita, en la que López Mateos viajó de Coatzacoalcos a Cozumel escoltado por un buque de la armada.
“Hazlo, Gustavito”
Tranquilos, relajados, la conversación se enfiló como yo deseaba. Ya Díaz Ordaz le había comentado el asunto, así que López Mateos me preguntó:
—¿Y cómo va el proyecto del hotel, amigo Lima?
—¿Con qué dinero, señor presidente?
—Pues con lo que pueden prestarle sus amigos. Ahí está Trouyer; ahí está Aníbal de Iturbide.
—Esos, señor —le dije en broma—-, me saludan sólo porque usted lo hace. Si no, ni los buenos días me darían. Pero los préstamos son otra cosa. Para un pobre isleño desheredado como yo, es difícil conseguir los centavos.
—¿Qué necesitas?
—Que Fogatur me preste.
—¿Cuánto?
—El proyecto que tengo vale cuatro millones.
—¿A quién le decimos? —me preguntó López Mateos.
—Señor, ¿cuándo vuelvo a ver a un Presidente y aun secretario de Gobernación en traje de baño? Autoríceme usted a estar dándole en la madre al Secretario de Gobernación, y que él sea el conducto para que se cumpla su acuerdo, si es que quiere usted favorecerme.
—Hazlo, Gustavito —dijo el Presidente dirigiéndose a Díaz Ordaz.
—Pues ya te fregaste, Gustavito —le dije—, porque desde ahora no voy a salir de Gobernación.
—No, Lima, no es necesario —intervino López Mateos—, cuenta con ello.
Al otro día estaba yo rumbo a México para formalizar la promesa con el Chato Noriega, que manejaba Fogatur. De ahí, a Mérida, para tramitar un crédito de 300 mil pesos en el Banco del Sureste, con ayuda de mi amigo Vicente Erosa Cámara. Y otro préstamo por allá, y otro más por otro lado, así de poquito en poquito o de muchito en muchito se fue reuniendo el capital necesario. Durante mis seis años en la Dirección de Pensiones había aprendido a moverme en el mundo de las finanzas y conseguir créditos en las mejores condiciones posibles, o siquiera en las menos malas.
También me sirvió mucho la experiencia de la construcción del multifamiliar Alemán y otros grandes conjuntos habitacionales que me tocó coordinar. Ya sabía a quién acudir para resolver los aspectos técnicos, y además no era fácil que me tomaran el pelo.
Para el proyecto del hotel, elegí al arquitecto Guillermo Hume, querido amigo mío, muy capaz, al que había conocido durante la construcción del multifamiliar. Recurrí también a los mejores expertos de ICA para la cimentación, que presentaba dificultades especiales porque el hotel se levantaría en el islote de El Yunque, que forma la punta norte de la isla y está separado de ella por un canalito, muy bajo, de aguas cristalinas. Como el islote es de arena y rocas calizas, restos de antiguas formaciones de coral, el suelo tiene una consistencia muy peculiar. Además, el oleaje pega ahí con toda su fuerza y puede venir de varias direcciones. Yo no quería que el hotel se me fuera a caer a las primeras de cambio, de manera que una de mis mayores preocupaciones fue cimentarlo muy bien, y prueba de que así se hizo es que ahí sigue, como si nada, después del Gilberto y del Wilma.
Esfuerzo titánico
A poner la primera piedra vino el licenciado Alemán, entonces presidente del Consejo Nacional de Turismo. Pero no lo hizo simplemente por amistad, sino porque de verdad valía la pena. Aquello no era un hotel cualquiera, sino la primera gran construcción moderna de Quintana Roo. Fue por muchos años no sólo el edificio más alto del estado, sino el único con elevador y aire acondicionado en todos los cuartos, todos ellos con vista al mar debido a la forma del islote y a la posición del edificio. Fue en su época un pequeño gigante arquitectónico.
Construirlo, sin embargo, exigió un esfuerzo titánico. Recordemos que en Isla Mujeres no había fábricas de bloques y mosaicos. Tampoco trituradoras de piedra ni equipo de construcción. Ni siquiera camiones. Todo hubo que llevarlo desde Mérida, y los materiales especiales desde el Distrito federal, por carretera hasta Puerto Juárez. Como no había transbordador, me las tuve que ingeniar y construir una balsa de madera con tambores de metal de 200 litros como flotadores, en la cual cabían dos camiones de volteo y otros equipos. En Yucatán encontramos a Manuel Castro, quien instaló en la isla una pequeña trituradora que nos sirvió no únicamente a nosotros, sino a gran parte de la población.
Hubo igualmente que echar a andar la primera fábrica de bloques que hubo en la isla, y la primera fábrica de mosaicos de pasta.
Y como el canal entre la Isla y El Yunque no es tan pequeño ni tranquilo sino que se ensancha con la marejada de nortes, huracanes y vientos del sureste, hubo que construir un puente-muelle que resistiera el paso de los camiones cargados.
La mano de obra especializada también hubo que traerla, incluso desde Guadalajara y el DF. Por lo tanto, tuvimos que instalar un campamento para estos trabajadores y asegurarles alimentación.
Para dirigir la obra, por recomendación del arquitecto Hume, se contrató al joven y talentoso arquitecto Sergio Zaldívar, quien después fue Director de Monumentos Coloniales del INAH. De la parte administrativa se encargó Esteban mi hijo, y después de casi dos años de intensa labor y soluciones novedosas, terminamos el hotel.
Interesantes innovaciones
Debo insistir en que fue el primer hotel de Quintana Roo que se planeó y construyó con la mira puesta en el turismo de alto nivel económico y sus exigencias en materia de comodidad y servicios. Hasta entonces, los únicos que existían en la región eran, en Chetumal, el Hotel Los Cocos, bastante deficiente en muchos aspectos, y en Cozumel el Hotel Playa, propiedad del gobierno y construido en tiempos del gobernador Rafael Melgar para dar hospedaje sobre todo a personas conectadas con el negocio chiclero. Llegó una época en que, por falta de mantenimiento adecuado, el “Playa” se encontraba bastante deteriorado, y aunque Nassim Joaquín lo tomó en arrendamiento y lo remozó y rehabilitó, el mejor alojamiento de Cozumel seguía siendo la casa que construí en la playa de San Juan y luego fue de las compañías madereras. Ahí se hospedaba a la gente importante. Sencillamente, no había buenos hoteles en toda quintana Roo, y mientras no los hubiera, no podíamos esperar verdaderos turistas, a pesar de todas nuestras bellezas naturales.
Otra característica que distinguía al Zacil -há era que su parte invisible, o sea la estructura y las instalaciones internas, tenía innovaciones muy interesantes, como el uso de un aditivo plástico en el concreto y doble sistema hidráulico. El propósito del aditivo era evitar la corrosión causada por el aire marino, que aquí es terrible. El aire está tan cargado de sal, que materialmente deshace las varillas y los alambrones de trabes y columnas cuando no están bien protegidos. Decidí utilizar ese producto porque los años que ya llevaba viviendo en la isla me tocó ver que se desplomaran varias construcciones de concreto. La primera fue un aula escolar, relativamente nueva, que había en la delegación de gobierno. El techo se vino abajo, pero afortunadamente eso sucedió por la noche, cuando el lugar estaba vacío, y no en horas de clase.
En un principio pensé que el contratista que lo construyó se había robado el cemento, pero luego averigüé que la arena salitrosa con que se acostumbraba a hacer el concreto en la isla permitía que se filtrara el agua y lo debilitara. Después hubo otro derrumbe en el edificio de correos y telégrafos, que no tenía ni tres años, y en Chetumal también era usual oír de casos parecidos. Por eso busqué asesoría de expertos y me recomendaron usar ese aditivo. En esa época fue la gran novedad, pero ahora se usa en todas partes aquí en Quintana Roo. Y de que es bueno, ahí tenemos una demostración con el Zacil-há, que nunca tuvo el menor problema de corrosión o debilitamiento de la estructura.
Palmaditas en la espalda
En cuanto al doble sistema hidráulico, su propósito era racionalizar el uso del agua. En Isla Mujeres sólo había un pozo de agua dulce, que además rendía muy poca agua. Ahora, el agua potable se recibe desde el continente por un ducto submarino. Pero en aquellos tiempos la única fuente de abastecimiento, aparte de pocito, era el cielo. El agua de lluvia se captaba en los techos de láminas de zinc, se almacenaba en aljibes, tanques y cisternas y se utilizaba exclusivamente para beber, guisar y, ya como lujo, para lavarse el cabello. Ante la escasez de agua, opté por el sistema de la doble tubería. Por una circulaba agua de pozo clorada, salobre y sólo un poco menos salada que la de mar. Esa agua se destinaba a los servicios sanitarios, a lavar pisos y a los demás servicios de limpieza. Por la otra tubería corría agua dulce para la cocina, las duchas y los lavabos. El mismo sistema se aplicó después al construir el hospitalito de la isla.
Pues para no hacer el cuento largo, que estirando el dinero y resolviendo problemas de ingeniería, de arquitectura, de plomería y de todo lo que se pueda imaginar… porque ni en la isla ni en todo Quintana Roo se había hecho jamás una obra de esa magnitud y de esas características… que se termina el hotel. Y que a inaugurarlo llega nada menos que el señor Presidente de la República, Don Adolfo López Mateos, con toda una comitiva.
Para que viniera, hubo que rehacer y ampliar el aeropuerto. Sólo así quedó satisfecho el Estado Mayor Presidencial en cuestión de seguridad y autorizó el aterrizaje del avión del Presidente.
—Joven Lima, así que siempre sí hizo usted el hotel.
—Con el favor de usted, señor, que me prestó cuatro millones, pero esto me costó ocho y debo dinero hasta en la tienda de la esquina. Consolídeme usted los adeudos. Por aquí anda El Chato Noriega; dele órdenes.
Y se las dio. Nacional Financiera me consolidó en un solo crédito los ocho millones que debía en diferentes lugares y hasta otro millón que apareció después.
Hasta ahí, todo era dulzura. Ya tenía mi hotel, todo mundo felicitaba. Me daban palmaditas en la espalda, me deseaban buen éxito y había tenido mi primer lleno con el montón de invitados que me traje a la inauguración. Pero cuando se fueron, aquello se quedó casi vacío. Había que conseguir huéspedes, y como eso no podía hacerlo solo, hablé con César Balsa para incorporar el Zacil-há a la cadena de hoteles Presidente.
También, como sabíamos que los turistas no iban a llegar solos, sino que había que traerlos y canalizarlos hacia el hotel, fundamos las agencias de viajes Maya Internacional en la Ciudad de México y Maya Internacional del Sureste en Mérida, para atender Mérida e Isla Mujeres. La agencia de México la manejaba mi hijo José; Esteban se encargó de la de Mérida y Enrique me apoyaba en la isla, en el hotel. La ayuda de los tres fue muy valiosa.
Pepe organizaba viajes en autobús, muy económicos desde la Ciudad de México hasta Puerto Juárez, además de hacer promociones en los hoteles de Don César Balsa, sobre nuestro hotel. Puedo decir orgullosamente que yo solo con mis hijos, hice publicidad en cantidades enormes sobre isla Mujeres en todos los periódicos grandes. Distribuimos también muchísimos folletos, fotografías y películas submarinas de Ramón Bravo, así como tarjetas postales y miles de cartas, tanto en México como en el extranjero, invitando a conocer esta isla desconocida.
Como fui el primero que trajo equipos de buceo, una gran compresora y planta eléctrica privada a Isla Mujeres, además de mis barcos, el Chac, el Cachifas y varias lanchas medianas, formé también con mis hijos la empresa Buzos del Caribe, SA, que fue la primera que prestó servicios náuticos en el territorio.
La clave: el aeropuerto
Pero a pesar de sus esfuerzos, los clientes seguían sin llegar, porque el aeropuerto nunca se amplió tanto como se había dicho y era necesario, pues no había línea que arriesgara sus aviones en aquella pistita.
Ante esa situación, me embarqué en otra aventura. Conseguí la ruta aérea Mérida-Isla Mujeres, la cubrí con un avión personal de cinco pasajeros; con ayuda de mis amigos yucatecos formé la segunda línea aérea turística que hubo en la península: Taxis Aéreos del Caribe. Empezamos con un avión de cuatro plazas, luego uno de siete y finalmente un Beechcraft de once pasajeros. Estuvieron con nosotros en esa aventura, más como amigos que como pilotos, el capitán Pimienta, Luis Alonso, el Güero Erales, Guty y otros. Casi todos aprendieron a volar bimotores en mi avión y después fueron conocidos pilotos de las líneas del sureste.
Sin embargo, fuera de nuestros taxis aéreos y un efímero servicio de la también efímera compañía yucateca Aeromaya, que volaba de Isla Mujeres y Cozumel a Mérida y de ahí a México, la isla nunca tuvo comunicación aérea regular. Y sin ella, no llegaban clientes. Todo el tiempo, el hotel funcionó con un bajísimo porcentaje de ocupación, y de los pocos huéspedes buena parte eran invitados míos. En algunos casos, amigos, y en otros, personas a través de las cuales buscaba hacer promoción y conseguir verdaderos clientes.
Isla Mujeres se fue quedando al margen del desarrollo turístico; sobre todo a partir de la construcción de Cancún, del que prácticamente ha terminado convirtiéndose en un satélite desde el punto de vista del flujo de visitantes. En cambio, Cozumel no solo pudo tener un desarrollo considerable y sostenido, sino que resistió perfectamente la competencia de Cancún e incluso se benefició con su existencia. La clave fue su gran aeropuerto, capaz de recibir vuelos nacionales e internacionales. Esto confirma algo que nunca me he cansado de repetir: que ciudad sin aeropuerto es ciudad que no puede desarrollarse turísticamente.
Por cierto, como detalle curioso debo recordar que también intervine en la construcción del autódromo de Cozumel, aunque en ese entonces ni siquiera sospechaba que me vería involucrado en cuestiones turísticas ni, mucho menos, que terminaría avecindado en una isla caribeña. El objetivo era estrictamente militar. El aeropuerto cozumeleño tenía radiofaro con luz de 20 mil metros de alcance y dos grandes pistas en V para poder aterrizar cualquiera que sea la dirección del viento. Las dos eran de 2 mil 500 metros, longitud suficiente para los mayores aviones de su época. Se construyó durante la Segunda Guerra Mundial para que ahí hicieran escala, se reabastecieran y pernoctaran los aparatos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que patrullaban el área del Caribe para proteger el Canal de Panamá y la navegación de buques mercantes en la zona, por donde merodeaban submarinos nazis. De la obra se encargó la Constructora Azteca, de la cual yo era consejero. Así que indirectamente también ayudé al desarrollo turístico de Cozumel.
Al aeropuerto de Cozumel comenzaron a entrar primero los avioncitos de Francisco Sarabia, el pionero de la aviación en Quintana Roo. Luego, los de Transportes Aéreos Mexicanos, empresa de la que fue accionista y piloto Pedro Infante. Se mató precisamente piloteando uno de sus aviones. Después, Mexicana de Aviación comenzó a volar a Cozumel, casi obligada por el gobierno de López Mateos. El aeropuerto apenas se aprovechaba. Pero gracias a él, cuando vino el descubrimiento turístico del Caribe mexicano, Cozumel estaba listo para aprovecharlo en grande, cosa que no pudo hacer Isla Mujeres.
Otro factor que ha contribuido de manera importante al rezago de Isla Mujeres es la falta de promoción. La gente no viene porque no la conoce. Y no se le conoce porque no se le promueve. Muchos de mis amigos isleños todavía siguen pensando que la divina providencia los protegió con esta isla y es obligación del gobierno y de todo el mundo, menos de ellos, hacer que se llene de turistas. Inventé las regatas, entre otras cosas, para tratar de llenar el hotel.
“Me doy por muerto”
Pero pasaba el tiempo y las pérdidas de operación seguían acumulándose día con día. Y si ya de por sí las dificultades eran grandes, más lo fueron tras el cambio de gobierno. No más salió López Mateos, y rájale. Con todo y que mi cuate Díaz Ordaz estaba en la silla, me empezaron a apretar las clavijas para que pagara lo que debía. Durante ocho años estuvimos sosteniendo en hotel con uñas, endrogados por todos lados. Un día Cesar Balsa me dijo: “Hermano, ya ni cuentas hago contigo. ¿Para qué, si lo que me debes sólo crece y crece?”
Por fin, un día de plano me fui a México, me metí a la oficina de Agustín Salvat, que era jefe del Departamento de Turismo y además había sido mi amigo en la Federación Mexicana de Basquetbol, y le dije: “Yo, ni rico ni hotelero. Me doy por muerto. Aquí está su hotel. Se los devuelvo y adiós. Si algo quedó, quedó; y si no, pues ni modo.”
Pero nada de que ni modo. Como garantía del crédito había dado todos mis terrenos en la isla y mi casita de Cancún, así que sobre ellos se fueron para cobrarme. Por un pelo me quedo sin nada. Para no perder hasta el terrenito donde ahora tenemos nuestra casa, a la hora de hacer cuentas alegamos que el hotel le debía cierta cantidad a mi esposa Rebeca y en pago se le daría ese terreno. Así pudimos salvarlo.
Lo que nadie pudo salvar fue el Zacil-ha. Después que lo devolví, intentó manejarlo directamente Fonatur y fracasó. Lo compró la cadena Bojórquez y tampoco pudo sacarlo a flote pese a su gran experiencia. Después lo tomó a su cargo la cadena de hoteles Presidente, y resultó que los Lima no éramos tan malos hoteleros y promotores, pues esa empresa no tuvo mejores resultados que nosotros. Luego cambió de manos varias veces y todo ese tiempo lo veía desde mi casa, preguntándome cuándo habría huéspedes viéndome desde el hotel. Por fin, ese sueño se materializó cuando el Zazil-ha fue adquirido por la cadena Avalon Resorts, que lo convirtió en Avalon Reef, de cinco estrellas.